Policías le dispararon y luego lo remataron con un culatazo

23 mayo, 2017

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Especiales
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“Llamen a la ambulancia. Filmálo, filmále la cara, ese fue el que le disparó”, se escucha en medio de un griterío. Un joven está tirado en el piso: policías le dispararon a quemarropa y luego le pegaron un culetazo para que no se levante. 23 días estuvo en coma y murió. Miguel Reyes Pérez era un joven de San Cayetano, un barrio humilde de Tucumán. Su asesinato quedó registrado en un video pero sus  victimarios siguen libres. 

 

En una humilde vivienda del Barrio San Cayetano viven Ana Reales, su esposo, seis hijos y varios nietos. La familia se dedica a la venta fruthiortícola, su medio de subsistencia. Todos los miércoles y sábados Ana y su esposo venden frutas y verduras en la feria de Banda del Río Salí para acercar la comida a la casa.

Desde chico, Miguel, uno de los hijos varones de Ana, ayudaba a sus padres feriantes en el trabajo de la venta ambulante. Hace ocho años había probado drogas por primera vez y hace tres había conocido el paco. A partir de ese momento, su vida cambió para siempre. Miguel tenía 26 recién cumplidos. Los cumplió el 6 de enero mientras estaba en coma en una clínica privada. Además, tenía un grupo de amigos en la esquina y dos hijos a los que no veía por su problema de adicción: una nena de 4 años y un bebé de un mes.

La tarde del 24 de Diciembre, en vísperas de nochebuena, Miguel Pérez estaba reunido con sus amigos en la esquina de su casa, en el barrio San Cayetano. Cerca de las cuatro de la tarde, policías que circulaban en un móvil interceptaron a los jóvenes y requisaron a Miguel. Buscaban pruebas que lo incriminaran en un robo que no había cometido, pero solo encontraron la pipa con la que fumaba paco. “Portate bien”, le advirtieron en tono amenazante antes de subir nuevamente al móvil.

 

“¡Reyes!”. Miguel, que se dirigía a su casa a buscar hielo, se dio vuelta cuando escuchó el llamado. “¡Pegale, pegale!”, le ordenó el oficial Gerardo Figueroa a su compañero, Mauro Navarro. Ambos se desempeñaban en ese momento como oficiales de la Patrulla Motorizada y prestaban servicio en la comisaría 4ta. El perdigón de la itaca impactó en la cabeza de Miguel y ya en el piso lo remataron con un culatazo. La ambulancia nunca llegó y Miguel fue trasladado al Hospital Padilla en un móvil policial junto a Verónica, una de sus hermanas. Luego de una operación para extraerle un coágulo, Miguel fue trasladado a la clínica Luz Médica, donde falleció veintitrés días después.

 

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