A 45 años del Quintazo: Testimonios y memoria

27 junio, 2017

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historiador Rubén Kotler
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 Tucumán vivió los años 70 con la convulsión propia de la rebelión obrero estudiantil de una región marcada por el ajuste y la represión de la dictadura impuesta el 28 de junio de 1966. El documental del Tucumanazo estrenado ya hace 10 años, da cuenta de los procesos de protesta que van desde 1969 con el primer Tucumanazo a Junio de 1972 con el tercer Tucumanazo o reconocido también como el Quintazo, del que se cumplen 45 años. El documental subido a la web puede verse en https://www.youtube.com/watch?v=AEPm5I3O7C4 y recupera algunos fragmentos testimoniales de una juventud militante y de unos obreros que levantaron en esos años mucho más que barricadas: le pusieron un freno a los dictadores y pensaron mientras copaban las calles un país distinto, más justo e igualitario. Por Rubén Kotler, historiador y docente universitario.

El primer movimiento de protesta llegó a Tucumán incluso antes que el Cordobazo. Allí donde había cerrado un ingenio azucarero, los obreros salían a la calle a protestar y a reclamar por la reapertura de las fábricas que la dictadura de Onganía había resuelto cerrar, decreto mediante. Los estudiantes sintieron el efecto de la intervención a las universidades y en los días previos al Cordobazo, en mayo de 1969, tendrían su primera experiencia en el recordado primer Tucumanazo. En noviembre de 1970 los estudiantes volvían a la lucha, a las calles y ponían a parir un proceso pre-revolucionario. Los resultados de aquellos días de protesta habían significado algunos logros para el campo popular como la apertura de nuevas sedes del Comedor Universitario o el freno a la imposición de planes de estudios. Sin embargo las condiciones de vida no habían sido modificadas radicalmente.

Durante junio de 1972, el reclamo de los estudiantes volvía a ganar otra vez las calles para volver a exigir el fin de la dictadura e impedir el cierre del comedor universitario. Se dio en llamar “el Quintazo” a los hechos ocurridos en torno al predio universitario de la Quinta Agronómica ubicado en Avenida Roca al 1900. Entre el 21 y el 27 de ese mes los estudiantes salieron a la calle nuevamente para reclamar por el no cierre de los comedores. Durante la represión policial fue asesinado Víctor Villalba, estudiante salteño. El hecho represivo generó entonces una ira mayor en el estudiantado que nuevamente se enfrentó a las fuerzas represivas.

El trabajo del periodista Mario García Aldonate, “Autores Desconocidos” relata con precisión la crónica del asesinato de Villalba y la falta de justicia hacia un crimen del que casi nadie habla ya. Incluso el nombre de Víctor Villalba cayó en el olvido de las nuevas generaciones, no así en la memoria de los viejos militantes que recuerdan, como si fuera hoy, el asesinato del joven estudiante.

 

Testimonios de una protesta

Recupero aquí la trama del Quintazo desde los testimonios de ex militantes que entremezclan datos concretos de la protesta con las percepciones personales sobre lo vivido.

 

Carlos Zamorano

Histórico dirigente del Partido Comunista en Tucumán.

 

“Ya en el año ’72 si no me acuerdo mal, en junio de ese año ’72, había un grave problema, creo recordar, con el comedor universitario, pero en el sentido de las luchas por las plazas del comedor universitario, y tuvo epicentro en una quinta que era la facultad de Agronomía y Zootecnia.  Supongo, que en el año 1950 ya Perón tuvo la gran idea de que ciertas facultades tenían que estar lejos de los centros urbanos, porque eran factor real o potencial de perturbación, entonces fue a parar en la periferia de la ciudad, en los suburbios de la ciudad, y estaba la Quinta Agronómica que fue el epicentro de grandes luchas con el infortunio de que ahí fue asesinado de un disparo de granada de gases lacrimógenos el estudiante Víctor Villalba. Después a la quinta se le puso de hecho el nombre Víctor Villalba, después se le puso institucionalmente, hasta que vino la última dictadura y borró y no sé en este momento si la quinta lleva o no el nombre Víctor Villalba. Víctor Villalba estaba acostado en el suelo y con su cabeza casi pegada al suelo entonces desde un lugar más elevado le hacen un disparo que estalla exactamente en su cabeza, con una granada enorme de gran peso como es la granada de gases lacrimógenos y le destruye el cráneo, de modo que fallece de inmediato. No les puedo decir las derivaciones del juicio penal, del juicio civil por indemnización porque no llegué a conocer esos elementos, lo cierto es que después asesinan al dirigente metalúrgico Juan Carlos Guía, que pertenecía al partido comunista, a pesar de que la opinión publica no lo sabía porque él se había afiliado recientemente, me consta personalmente, así que no es que haya que averiguar mucho. Él era de la agremiación Felipe Vallese, una agremiación justicialista, una asociación justicialista de la Unión Obrera Metalúrgica, que se llama Felipe Vallese, y un hombre del peronismo de derecha lo mató porque tenía ocupada la sede de la Unión Obrero Metalúrgica, lo mató de un disparo por la espalda. También fue casi parte de toda esa pueblada.”

 

Marcos Taire

Periodista y ex militante del Frente Antiimperialista por el Socialismo

“Bueno, ya cuando ocurre el Quintazo, ya teníamos nosotros alguna experiencia, veníamos adquiriendo experiencia en el terreno gremial, yo era junto a un compañero que se llama Ángel Gutierrez, que éramos los delegados  ante la CGT regional. Eh… un fin de semana, no me acuerdo si era viernes o sábado, se desata una gran represión contra la gente que ocupaba la Quinta agronómica, y ahí en una escuela cercana a la Avenida Roca y Bernabé Araóz, asesinan a un estudiante salteño que se llamaba Víctor Villalba; le pegaron a pocos metros de distancia con una granada de gas lacrimógeno y le destruyeron el cerebro, hay testimonios de esto, después el gobierno provincial, la represión, intentaron por todos los medios falsificar la autopsia, pero no, querían hacer mostrar como que lo habían matado a ladrillazos, pero se comprobó fehacientemente que lo mataron con una bomba de gas lacrimógeno en la cabeza. Esto fue jueves o viernes. Nosotros desde la Asociación de Prensa, más algunos pocos sindicatos que tenían conducción bastante combativa y en esto no me puedo olvidar de un gran dirigente que se llamaba Juan Alberto Pacheco del sindicato gráfico, que fue un hombre combativo como pocos en esos años, junto a los compañeros de la Unión Tranviario Automotor y uno que otro que en este momento no recuerdo, impulsamos la realización de un plenario de la CGT. Se hizo ese plenario, la conducción de Damián Marquez y compañía lo convocó a regañadientes, como para decir que se hacía, pretendían sacar una declaración y con eso dar por terminado todo y me acuerdo que la importancia que tuvo esto, que se hizo en el Salón de Actos de la FOTIA; ellos no calcularon que nosotros estábamos muy vinculados con el movimiento estudiantil y cuando empezó el plenario como a las 10 u 11 de la noche, llegó una enorme caravana de dirigentes y militantes estudiantiles que se apostaron como barra alrededor del lugar donde se estaba haciendo el plenario, entonces cuando nosotros propusimos, yo lo hice personalmente, que se hiciera un paro activo en repudio al crimen de Villalba y a la represión indiscriminada que se estaba desatando contra el pueblo tucumano, al ver que había dos o tres gremios que apoyaban, que estaba esa barra que cantaba a favor de la realización del paro no le quedó otra cosa que aceptarlo y se hizo. Para nosotros fue una experiencia inolvidable en el sindicato de prensa, un sindicato pequeño, éramos 300 afiliados, pero bueno, junto con eso, trabajamos muchísimos con las dos organizaciones que paradójicamente eran, las mejores, las más organizadas, las más combativas de Tucumán y que no estaban en la CGT, que eran, la FOTIA por un lado y ATEP por otro lado. Este… porque bueno, la verdad que la FOTIA sola representaba mucho más que toda la CGT y ATEP prácticamente lo mismo, la CGT era un sello representativo, unos cuantos burócratas pícaros que hacían negocios con el poder y nada más. Y bueno, ahí, este… tuvimos la oportunidad junto a activistas de distintos gremios  de sumarnos a la lucha de los muchachos que estaban en la Quinta Agronómica. Nunca olvidaré, para mi también es un recuerdo que me emociona, cada vez que me viene  a la mente, el día que una delegación de obreros de la fábrica de Laporte, que estaba ahí cerca de la Quinta Agronómica, no sabría decir ahora yo dónde, exactamente sobre que calle, pero debe haber sido sobre Rondeau o Bolivar, sin que nadie los llamara, o los invitara o les pediera, se llegaron hasta la Quinta Agronómica con bolsas de recortes para proveer a los que estaban ocupando ahí la Quinta, para defenderse con las hondas, y me acuerdo que al frente de esa delegación estaba el que para mi fue en esa época el dirigente que más pintaba para ser un “Tosco” de Tucumán, digamos, Juan Carlos Guía, un hombre maravilloso que después fue asesinado por la burocracia sindical peronista. Estos son algunos de los recuerdos más importantes que tengo de esa época de militancia sindical.

 

 

Angelita Nassif

Recordada dirigente del Partido Comunista Revolucionario

 

“Sí después de varios días de asambleas, que los estudiantes salían, daban batalla afuera y volvían a refugiarse la Quinta, la Quinta es cercada por la Policía Provincial y la Policía Federal tenía orden de entrar y podía hacerlo. Los estudiantes resisten durante un día y no puede entrar la policía. La resistencia es precisamente, se cierra esa puerta y todo el perímetro de la Quinta estaba cubierta por estudiantes que tenían ondas, bombas molotov, piedras, esas eran nuestras armas contra las armas largas de la policía, no existían las balas de goma, por lo tanto las balas que había eran de plomo y gases lacrimógenos.  Hasta que al tercer día se arma lo que llamo la “onda gigante”, porque en una base de madera de un metro por un metro, aproximadamente, se monta con ruedas un armazón de hierro con dos brazos en cruz y una gran cámara que creo que era de un tractor, ya no me acuerdo, con lo cual había que accionarla entre 5 o 6 y peso podía tirar, adoquines o ladrillos o mampostería de un peso bastante importante. La primera que tiramos impacto en un carro de asalto de la policía y lo da vuelta, en el momento que lo da vuelta se tira con la misma onda una damajuana molotov, no una botella que logra incendiar el carro. Ya iba tomando características mucho mas importantes la lucha, la policía se repliega y al anochecer el Ejercito rodea la Quinta y da orden y nos dan 45 minutos para resolver entregarse y tenían apostados, no solamente soldados, sino, no te puedo decir de que tamaño, ni milímetros, porque no conozco, pero eran tanquetas con cañones para obligar al desalojo de la Quinta. Nosotros nos reunimos y resolvemos que íbamos a entregarnos. Y ahí una anécdota graciosa dentro de eso, que muestra la ingenuidad y la inocencia con la que nos movíamos, porque pedimos hablar con el Jefe del Operativo de parte de ellos, y ahí Carlos Pérez y otra gente del Centro de Arquitectura dice: “Venimos a pactar una rendición de igual a igual,  nosotros entregamos la Quinta en estas condiciones: ningún detenido, no hay represalias para la población que nos había apoyado”, todo el barrio de Ciudadela se volcó a apoyarnos, porque hay que decir que la Quinta estaba rodeada, pero la policía era hostigada desde la población, por eso podíamos hacerlos retroceder. Y entonces el hombre este nos da la mano y dice que: “palabra de caballero” y fuimos saliendo y nos pegaron una paliza extraordinaria y nos metieron a todos en cana. Ese día hubo 400 detenidos, bueno, ahí entendimos que no había que confiar en la palabra de algunos, a pesar de que era justo entregarse en ese momento.”

 

Rolando “el negro” Gómez

Ex militante de Círculos de Estudiantes Socialistas

La explosión de lucha estudiantil en junio de ese año, cuya expresión más álgida fue el Quintazo, fue una expresión local del creciente activismo juvenil en todo el país producto de la persistente lucha obrera y popular contra la dictadura militar. (…) La toma de la Quinta Agronómica adquirió aspectos de verdadera lucha popular de masas. La Avenida Roca, desde los predios universitarios hasta la Avenida Alem, era territorio liberado.  Por varios días, no circularon vehículos de ningún tipo.  Era una arteria desolada, con cascotes desparramados entre barricada y barricada, con grupos de estudiantes con los puños en alto que circulaban a todo momento por la misma, y a los que se unieron jóvenes trabajadores de las barriadas populares vecinas. El predio universitario era de los estudiantes.  Sin duda alguna era de los estudiantes.  Caminar por los pasillos de la universidad era una sensación muy especial para todos los que allí estuvimos.  Casi en cada rincón o aula se discutía política.  Las asambleas y reuniones eran frecuentes.  No sólo se actualizaba a los estudiantes sobre los acontecimientos que se estaban desarrollando, sino que de manera extraordinaria se aprovechaba el tiempo para discusiones teóricas de un nivel intelectual extraordinario.  Era muy común encontrarse en un pasillo o aula con un activista dirigiéndose a un grupo de estudiantes, versando sobre teoría marxista con profundo conocimiento de los clásicos.  No era raro escuchar extensas citas textuales de Marx, de Lenin, de Trostski.  Algunos otros estudiantes simplemente agarraban una guitarra y cantaban en grupo.  Pero la decisión de si cantar una zamba o un tema de rock era objeto de extensos planteos intelectuales sobre la diatriba “música nacional” versus “música extranjerizante”.  Al final, la guitarra igual sonaba y todos cantaban.

Las organizaciones políticas estudiantiles realizaban sus reuniones de células o de grupos de facultades en los mismos pasillos de la universidad.  La “clandestinidad” estaba garantizada por todos.  Uno podía fácilmente advertir cuando se trataba de una reunión de discusión pública -y por lo tanto participar de la misma- o de una reunión partidaria.

La izquierda revolucionaria argentina, y por lo tanto la tucumana, era un verdadero mosaico bizantino de grupos y hasta de grupúsculos.  Los partidos tradicionales de esa izquierda se habían fragmentado y astillado al fragor del despertar independiente de la clase obrera, y las estructuras burocráticas de algunos de esos partidos tradicionales eran furiosamente rechazadas por la juventud en lucha.  Buscábamos construir un nuevo partido de los obreros socialista.  Rechazábamos el llamado de esos partidos tradicionales a plegarse al “Gran Acuerdo Nacional”, la nueva trampa de salvataje del sistema capitalista argentino.

Yo pertenecía a uno de esos fragmentos o astillas: un minúsculo grupo local, tucumano, llamado Círculos de Estudiantes Socialistas, nacido como resultado de un fraccionamiento del Partido Revolucionario de los Trabajadores – El Combatiente.

Permítanme en este punto rendir homenaje a algunos compañeros que ya no están: Mossi, Cachi, la Negra Lidia, el Chino Décima, el Chato Gargiulo.  Jóvenes tucumanos que cayeron luego de 1976 víctimas de la más sangrienta de las dictaduras.  Esos jóvenes estuvieron presentes en El Quintazo, y ni se imaginaban entonces que eran objetos de una historia que devendría en masacre.  Mi memoria y mi eterno respeto estarán siempre con ellos.

 

El Quintazo, como todo movimiento de masas, utilizó las armas de la lucha de masas.  La barricada, la honda, las piedras.  Hubo algunos compañeros miembros de la incipiente (por esos años) organización guerrillera foquista –el PRT- que portaban armas dentro de la Quinta Agronómica, pero nunca llegaron a usarlas.  No tenían verdadera intención de hacerlo, y la masa estudiantil aprendió a respetar y a aceptar el hecho de que las cargaran, aunque no fueran parte de la lucha de masas.

Me tocó presenciar, casi al final de los hechos, la captura de un “botón” de la policía provincial -un policía infiltrado en las filas estudiantiles- y pude ver cómo un compañero, con mucha habilidad (seguramente un miembro de una de las organizaciones foquistas) quitaba el cargador de la Ballester-Molina y removía la bala de la recámara antes de entregarla a la dirección estudiantil del conflicto.  Creo recordar que esa arma fue devuelta a la policía.

No son los “aspectos militares” de la lucha los relevantes en esas jornadas.  En realidad no hubo aspecto militar alguno Todos han visto las fotos de la gigantesca honda construida por los estudiantes y emplazada en plena Avenida Roca.  Era enorme.  Casi dos metros de altura, montada sobre tablas con ruedas.  Aunque las imágenes de las fotos puedan hoy despertar cierta fantasía de sofisticación, la honda fue en realidad el producto de imaginación de un grupo de estudiantes que realmente pensaba que era posible ser usada como arma de autodefensa.  Que yo sepa, la mentada honda nunca disparó; no efectivamente.  Pero ahí quedó, en la historia y en la leyenda.

Luego de casi una semana de lucha, en la que las fuerzas policiales fueron indiscutiblemente superadas por la masa estudiantil, llegó la hora de enfrentar al ejército.  O sea, llegó la hora de la derrota.

No recuerdo las fechas.  Sí recuerdo la asamblea estudiantil (no tan masiva como las anteriores) donde se decidió democráticamente que era imposible enfrentar al ejército de igual a igual, y que era necesario “rendirse” a cambio de garantía por la integridad físicas de todos los estudiantes.

Y así se hizo.  Fue gracias a la cobertura mediática que el proceso de cargar estudiantes en camiones y ómnibus del ejército argentino se hizo sin mayores verdugeos ni golpes.  Fuimos cientos de estudiantes los que subimos a una fila de vehículos con las manos en alto o en la nuca.

Hugo “el Chato” Gargiulo -quien ya había estado en prisión durante la dictadura de Onganía- nos dijo con justa razón que él no podía caer otra vez preso, que esa detención tendría para él consecuencias graves.  El resto de los compañeros asentimos, y vimos cómo El Chato se adentró de nuevo corriendo hacia los vacíos predios de la universidad.  Luego supimos que pasó la noche entera escondido dentro de un ducto de calefacción, y que al día siguiente consiguió saltar la alambrada sur y refugiarse en la casa de un obrero.  Sobrevivió.  Por lo menos en ese momento sobrevivió.

Al resto de nosotros nos hicieron subir a camiones y nos llevaron a los predios de lo que era entonces el “Regimiento 19 de Infantería”, al oeste de la ciudad.  Nunca en mi vida había visto tan de cerca fusiles amenazantes, y tuve miedo.

Allí advertimos enseguida que estábamos en manos de “colimbas” (soldados conscriptos) jóvenes como nosotros (en esos años el servicio militar era todavía obligatorio), miembros del pueblo argentino.  Nos miraban con una mezcla de respeto y admiración. Pero los oficiales y suboficiales eran de temer.

En la semana subsiguiente nos sacaron de a pequeños grupos a “declarar”.  A ficharnos en una dependencia policial.  A mí me tocó salir positivo en la obsoleta “prueba de la parafina” (prueba de haber disparado un arma de fuego).  El aparato legal de la dictadura necesitaba mostrar al público que lo estudiantes eran monstruos que abrieron fuego contra la policía, y a mí me toco por suerte ser “evidencia” de algo que nunca ocurrió.  Afortunadamente no hicieron uso posterior de ese prontuario.

Dentro de las “cuadras” de colimbas que abrieron para encerrarnos, los estudiantes nos organizamos inmediatamente eligiendo delegados representativos, y casi de inmediato comenzamos a plantear reivindicaciones.  Las condiciones de detención eran malas, peor que las de los colimbas.  Lanzamos una huelga de hambre ante la pésima comida y terribles camas-cucheta que nos dieron.  La respuesta fue quitarnos hasta los horribles colchones.

El lector seguramente se va a reír, pero los estudiantes respondimos con más lucha: hasta gritamos una consigna totalmente ridícula, motivada por nuestra juventud, inexperiencia y tal vez desubicación total respecto a la naturaleza de nuestra propia situación: “¡Un solo grito: colchones bien blanditos!”.  Cuando pienso hoy en la terrible puerilidad de esa “consigna” no puedo evitar una sonrisa y a la vez cierta vergüenza.

Pero éramos jóvenes, muy jóvenes.  Puerilidad es a la vez inexperiencia e inocencia transformadora en la lucha por la utopía, y dicen que es una cualidad de los jóvenes.  Pero no hay política revolucionaria sin utopía revolucionaria.  Sólo a la clase dominante, a los dueños del poder, la utopía revolucionaria le puede resultar una puerilidad.

Para terminar: ser jóvenes no significaba en ese entonces seguir “revelaciones políticas” “verticales” ni “transversales” sin cuestionamiento o reflexión.  Todo lo contrario.  Cuestionar la autoridad era el tono de la época.  Éramos, como dije antes, objetos de la historia que se nos impuso por generaciones, y el despertar de la lucha obrera nos colocó a los jóvenes en una posición de buscar por propios medios una identidad y objetivos propios, coherentes con el desarrollo objetivo del proceso social.

Cuando escucho hoy del “despertar a la militancia” de la juventud argentina actual, basada en una supuesta “revelación” de tal o cual político burgués, no puedo dejar de notar la contradicción que yace entre el espíritu renovador de la juventud y la actitud geriátrica de amoldarse a la “transversalidad” de los buenos bonapartistas gobernantes.  No es ese el verdadero rol de la juventud.  A los jóvenes de hoy corresponde tomar el camino de la crítica y el cuestionamiento, de ser parte de la lucha de los obreros y oprimidos por la transformación revolucionaria de la sociedad capitalista.

 

Balance de época

 

Junio debería ser, al igual que marzo, mes de memoria en la que también exijamos VERDAD Y JUSTICIA. Un 28 de junio de 1966, hace 51 años, los militares asaltaban una vez más el poder y colocaban como mandamás del país al dictador Juan Carlos Onganía.

Un 24 de junio, pero de 1972, bajo las botas de esa misma dictadura, caía asesinado el estudiante salteño Víctor Villalba, en medio de la lucha del estudiantado por el sostenimiento de los comedores universitarios en lo que se conoció como Quintazo o tercer Tucumanazo.

Si como decía Marx, la historia se repite primero como farsa y luego como tragedia, un 26 de junio, pero de 2002, es decir casi justo 30 años después del asesinato de Villalba, la policía de Duhalde asesinaba a los manifestantes piqueteros Darío Santillán y Maximiliano Kosteki. Como no hay casualidades sino causalidades, el diario Clarín titulaba en 1972 que los disturbios habían ocasionado un muerto, mientras que en 2002 había sido la crisis la que había provocado dos nuevas muertes.

A 51 años de la dictadura de Onganía, también se nos impone un NUNCA MÁS y juicio y castigo.

A 45 años del asesinato de Víctor Villalba, debemos gritar bien fuerte: PRESENTE. Del mismo modo que gritamos presente Darío y Maxi. Y es verdad: no están solos. Y es verdad: están más presente que nunca en nuestra memoria. O por lo menos intentamos mantener vigente el recuerdo que conecte luchas pasadas con luchas presentes. El estado de cosas que se querían cambiar hace 45 años y por las que fue asesinado Villalba es el mismo estado de cosas por las que fueron asesinados Kosteki y Santillán. Por ellos repetir cada año su historia y nombrarlos bien fuerte es una necesidad pero también una obligación.

Al nombre de Villalba deben sumarse los nombres de los estudiantes desaparecidos desde el Operativo Independencia hasta la última dictadura militar, pues es esa generación la de los Tucumanazos la que reprimió duramente el aparato represivo desde febrero de 1975 y aún en los meses previos con la organización paramilitar Triple A. Comprender el proceso histórico en Tucumán es remitirnos necesariamente a los 60 y volver una y otra vez al presente, no solo para realizar un justo balance de época, sino y sobre todo para seguir exigiendo memoria, verdad y justicia.

 

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