A Ángeles Carrizo la lloraron con miedo

2 julio, 2017

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La quinta mujer asesinada en Tucumán en lo que va del año conoció a su femicida cuando tenía 15 años. Desde entonces, comenzó una historia de maltrato, delitos y violencia.

En el mismo comedor donde Daniel “Bachicha” Marchisio remontó su pistola calibre 11.25 y le disparó cuatro veces, velaron a Nadia de los Ángeles Carrizo. Había cumplido 38 años hace menos de dos semanas. Tenía cinco hijos: el mayor, de 23 años, intentó suicidarse hace dos meses consecuencia de su adicción al paco. Otra hija, de 17 años, fue madre dos días antes del femicidio. Los demás de 13, 7 y 4 años quedaron sin madre y con su padre prófugo.

El cuerpo, magullado, maltratado, golpeado, fue devuelto a su hogar en Las Talitas nueve  horas después de su muerte. En precavido silencio, el velorio duró casi 24 horas. La enterraron al día siguiente, en un cementerio situado en la ruta 305 donde las motos y un colectivo dispuesto por la municipalidad para trasladar a los vecinos fueron el discreto cortejo.

El sigilio no era solo respeto por la muerte sino temor por “Bachicha” Marchisio y su familia. Marchisio es tumbero. Un hombre de la cárcel, que conoció el penal de Villa Urquiza por robos y también por transa. Fue parte de la Banda de la Gruta que se dedicaba a cometer asaltos en grupo. Pasaron a la historia por el cometido en la playa de estacionamiento del aeropuerto Benjamín Matienzo cuando atacaron a un hombre que regresaba de Buenos Aires con U$D 50.000 en una mochila. Desataron un tiroteo para arrebatarle la plata y hubo varios heridos. Era julio de 2009. Por ese delito estuvo preso hasta hace dos años.

Entre murmullos, familias y amigos intentaban reconstruir el asesinato. En la casa matrimonial, Bachicha sometió a Ángela a un nuevo espiral de violencia, especularon los vecinos. Él buscaba en el comedor dinero que dejó enterrado y no encontraba. La tensión creció, su ira se desmadró. Los celos con uno de sus hermanos reaparecieron, el sentimiento de posesión lo envolvió y el temido final llegó. “Le hizo dos tiros en la pelvis, una en el pecho y cuando ella quiso salir la remató con un tiro en la espalda. Llegó el hermano con el que Bachicha la celaba. Ella estaba bañada en sangre, la alzó para llevarla al hospital, la llevó hasta la ruta y encontró un remisero de la zona muy querido. Cuando la subió ya estaba muerta. Eran las 5 de la mañana. Recién a las 7.30 le avisaron a sus padres”, contó un amigo de la mujer que pidió resguardo de su identidad.

Ángela venía sufriendo hace mucho. Marchisio es una persona con muchos antecedentes. Se conocieron cuando ella tenía 15 años y nunca más se separaron. “Él es muy del penal. Es reconocido en la trensa por ser transa. Ella no tenía salida, se resignó a ser maltratada, a vivir con miedo y dolor. La celaba mucho. Cuando ella lo quería dejar, no podía”, dijo.

Una luz diáfana destella en el centro del comedor. Un enorme ventanal de algarrobo con con el sentimiento que acompañó a Ángela los últimos tiempos: su casa era su cárcel.  Cada vez que ella amenazaba con denunciarlo, Bachicha se jactaba de tener amigos en la policía, en la justicia y en la política. No había lugar adonde pudiese ir sin que él la encontrara. “Fue un femicidio de Estado”, lo sintetizaron en el velorio.

Su mandato era que tenía que ingresar droga en la cárcel. Bachicha se ponía loco cuando la requisaban. Había logrado un acuerdo con los guardiacárceles pero nunca faltaba el nuevo que no estaba al tanto de los pactos.

Él no iba a ningún lado si no iba con ella, no le permitía tener vida propia. Sin refugio adonde ir, nunca pudo entablar una denuncia. Cuando ella amagaba con abandonarlo, Bachicha la golpeaba y hasta hacía disparos al aire. Él era su dueño. Era una persona muy posesiva.

En el velorio, entre tanto silencio, un miedo rondaba el comedor. Que Marchisio aparezca y se suicide delante de todos. “Voy a ir pero me voy a llevar dos más”, le dijo a una de sus diez hermanas. Finalmente no apareció y la policía lo busca casa por casa en la zona. Pero todos sospechan su destino. La policía lo busca con orden de disparar a matar si se resiste. En la cárcel lo esperan para vengarse.

“A él le conviene la tumba. A ella la querían más que a él”.

1 comment

  1. Lilia

    Hola, APA. Desgarrador relato de la vida y muerte de Ángeles. La sensación de ahogo de que no tenía adonde ir es agobiante. Y lo peor es la sospecha de que hay muchas Ángeles más, muchos Marchisio. Mucho miedo y abandono del Estado

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