¿Cómo va la cuarentena?

4 mayo, 2020

Commentario

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Carlita Mora nos abre las puertas de su intimidad a través de un texto. Hay que celebrar esta decisión. No cayó en la tentación del Tik Tok. A los treinta y pico, y en estado de aislamiento, las derivaciones pueden ser ciertamente peligrosas. En cambio, nos ofrece ésta columna sobre las delicias de la vida cotidiana en cuarentena. Hay que decirlo: Carlita a veces imagina su vida como un culebrón, con buenxs y malxs, con conflictos, peleas y reconciliaciones. Culebrón al que le agrega reflexiones sobre el amor, las amistades y la militancia.
Como buena licenciada en Letras, hace de las palabras la trinchera para resistir el distanciamiento social y nos propone cada semana un capítulo más de su vida para pensarnos, emocionarnos y conectarnos. Que así sea.

Por Carlita Mora*

La rutina me está matando. Venía bien, pero ya no estoy tan segura de eso. No sólo no salgo a ningún lado más que al súper o a la lavandería, sino que hago todos los días prácticamente lo mismo. Ir a la semillería es la salida del mes, no podrían creerlo. Dos cuadras más, un festín para la vista y los poros. A veces, como hoy, doy una vuelta a la manzana de más o busco un supermercado que quede un poquito más lejos, para poder disfrutar unos minutos más de sol encima.

Siempre con barbijo. El primer día que salí desde esa metodología, me lo olvidé. Claro que no fue totalmente casual. Estaba en contra de usarlo: me embola, me molesta, me cansa. Estaba resfriada y quería comprar un remedio en la farmacia. Entré muy campante y el guardia de Farmacity me frenó y me dijo que no podía entrar sin tapabocas. Inmediatamente me enojé, claro, pero volví a buscarme uno. Qué impotencia tenía. ¿No puedo entrar a la farmacia porque tengo una dolencia si no me tapo la cara desde hoy?

Finalmente improvisé con un pañuelo, como en el tutorial que enseñó Pampita. Me lloraban los ojos, me caían mocos por la nariz, y estuve esperando 20 minutos para que me atendieran. Al toque identifiqué que no lloraba por la alergia ni la incomodidad, lloraba de bronca, de tristeza, llanto puro y fluido. Por un minuto he fantaseado con tirarme al piso y explotar, contarle al policía cuánto extraño salir, que me da pánico que algo me tape la cara y no poder respirar es una de mis peores pesadillas, que necesito tener clases presenciales porque son vitales para mi vida “normal”, que extraño tanto a mi pareja que ya no me soporto y que no quiero estar un día más sin tocar el pasto. Pero no me animé a tanto.

En estos últimos diez días no logro concentrarme en un libro. Nada me gusta, nada me interesa, nada mantiene mi atención. Tengo una hermosa biblioteca, enorme, pero no de esas que una atesora para recordar lo que leyó, para presumirlo como un trofeo o para atesorarlo y mirarlo siempre que puede. Es una biblioteca de libros que voy comprando, que aún no leí y que siempre quise pero, por falta de tiempo, nunca podía. Me disperso mirando una serie de Netflix y me duermo frente a una peli que hace tanto quería ver. Siempre en la cama, el escenario donde se está desarrollando mi vida últimamente por excelencia.

Estabas por preguntarme sobre el trabajo, ¿verdad? Bueno, bien. Gracias. Eso es otro capítulo y ya se los contaré, junto con la historia de los libros que compré y no leí, y que se vinieron conmigo.

Con mi compañera de casa hablamos todos los días, nos llegamos a conocer más que lo que conozco a mis propios hermanos. A la mañana se despliegan puros monosílabos, cuando no reina el silencio. Después del mate ella, y del café yo, pasamos a desarrollar un poco más las noticias del día. Por suerte compartimos la ideología política, las formas de mirar el mundo y, lo más importante, el feminismo. Bueno, no por suerte. Nos buscamos explícitamente así, porque convivir, lo que se dice convivir, no es para cualquiera. Los horarios de desayuno, almuerzo y cena son cualquier cosa ya en este hogar.

Limpio mi habitación más que nunca antes. La casa está impecable casi siempre. El gato que tenemos, Panchuque, nada casual en una casa de tucumanas, está molesto, más llorón y demandante que antes. Es el único que lucha a brazo partido por mantener sus rutinas y sus horarios de comida. Lo lleva bastante bien, déjenme decirles. Es un éxito para las protestas, creo que podríamos incluirlo en nuestros espacios de militancia tranquilamente.

No estoy preocupada por mi salud y no tengo miedo de contagiarme. Me estoy empezando a cansar. Profunda, honda y sostenidamente harta.

Siempre me gustó esa frase que dice ¿Cuánto puede un cuerpo? Ahora pienso más en ¿cuánto sabe una que puede? Y, ¿hasta cuándo se me permite no explotar?

Esta es una tucumana en Buenos Aires. Esta es la primera cuarentena de mi vida. Ya les contaré.

 

*Es feminista, licenciada en Letras de la Unt y hoy tiene el trabajo de sus sueños por el que hinchó tanto las pelotas: ser becaria del Conicet. Ahora vive en Buenos Aires y desde ahí sigue acumulando libros, amigues y ansiedad. Su hobby es leer y su alimentación es a base de café. O viceversa. 

 

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