Coronavirus y crisis civilizatoria: conexiones y desconexiones paradójicas

16 abril, 2020

Commentario

Derechos Humanos Destacada

Ante el paisaje actual de depredación extrema, la pandemia por el coronavirus deja al descubierto la fragilidad en que vivimos y el desprecio por la vida que tienen las sociedades modernas, en las que claramente se profundizan las crisis y las desigualdades. En este texto, su autora presenta una propuesta para no acostumbrarnos a la posibilidad latente de un futuro sombrío y siniestro. Recomienda pensar en la posibilidad de un cambio de rumbo tras las largas horas inciertas, la pandemia, las crisis del agua, del aire y de la tierra en un mundo que parece no sostenerse desde la paz. Por María Elena Ramognini*

Hace unos meses ardía la Amazonía. Otros grandes incendios forestales proliferaban alrededor del planeta. La imagen de una hembra koala aferrada a su cachorro mientras las llamas devoraban los bosques en Australia nos arrancaba lágrimas de desesperación. En tantas otras zonas del planeta la minería a cielo abierto se devora los ríos, las piedras y la vida. En las llanuras, la agroindustria y la ganadería intensiva fusionan a la perfección el maltrato animal y la destrucción del hábitat produciendo alimentos a gran escala, no para paliar el hambre en el mundo, sino para generar una gigantesca acumulación de divisas que se concentra en pocas manos y no se reparte. Y mientras más se concentra y más se produce, más aumenta el valor de cambio y más difícil es el acceso al alimento (para colmo, contaminados por agroquímicos).

Se patentan las especies y los cercamientos, como dice Silvia Federici (2010/15), se desplazan de las tierras y los cuerpos hacia la biodiversidad. La vida en su total integridad es el botín que la modernidad atrapa con sus redes, para transformarla en mercancía muerta. La naturaleza es el objetivo de los mercados. Especies animales y vegetales están siendo patentadas, es decir, privatizadas, mientras sus dueños son los mismos que nos venden las súper-semillas que dan frutos estériles generando una rueda de hambre y dependencia, una nueva expulsión del campesinado (como en tiempos de crisis de acumulación que diera origen al capitalismo).

La debilidad de las ciudades

En las ciudades y sus alrededores las desigualdades proliferan bajo la mirada indiferente de los que acaso lloraron ante la imagen del koala y su bebé. Caminamos por las calles céntricas esquivando gente que duerme en las veredas, apenas tapados por un cartón sobre unos colchones tristes y raídos. Hay quienes revuelven en la basura para conseguir algo que comer y hay quienes compramos comida chatarra en los supermercados. Y claramente hay algo que no está bien. Pero tampoco lo vemos. La gente de las ciudades vive hacinada, pero en soledad. En los edificios de departamentos nada está más lejano que un vecino. Paradoja que ilustra el encierro y la soledad en una comunidad fragmentada por la ilusión de lo propio y lo privado.

Los aires sufren el exceso de transporte aéreo que contamina con gases y ruidos la atmósfera, para llevar y traer gente y cosas en un mundo globalizado que aparenta estar hiperconectado en su desconexión. También sufre la emisión constante de gases del transporte terrestre que conecta lejanas zonas de producción de alimentos con las grandes urbes, complicando y encareciendo algo tan simple como comer una fruta. La generación de empleos y la producción se sigue pensando en total desconexión con el medio ambiente. La trampa de la salida única. Parece que no existen alternativas a la producción de tipo fabril, altamente contaminante y explotadora. El modelo de la maquila aparece como solución a las desigualdades, cuando en realidad las eleva a su máxima expresión: se trató de un modelo de producción por ensamblaje de piezas, altamente contaminante y precarizador del trabajo, utilizado por las multinacionales desde 1950 en la frontera de México con Estados Unidos y en los países del sudeste asiático. Preferentemente, empleaban a mujeres porque dadas sus obligaciones en el cuidado familiar no tenían tiempo para sindicalizarse y terminaban aceptando cualquier condición para sostener la subsistencia propia y de los hijos.

Las clases medias urbanas siguen soñando con el progreso meritocrático y comprando espejitos de colores, cosas que prometen una satisfacción metonímica, y, por lo tanto, imposible. La vida en las ciudades está desconectada de todo lo vital y parasita el sueño de los poderosos, expuesta a todas las fragilidades y dependencias, pero totalmente ignorante de su negro porvenir.

Efectos del extractivismo global

Los propósitos de sustentabilidad quedan como enunciados ideales de las proclamas de los organismos internacionales: Objetivos del Milenio, Objetivos de Desarrollo Sostenible, y bla, bla, bla. Cada 15 años renuevan sus votos de transformar el mundo en algo mejor y pasan 15 años reuniéndose, tomando nota de cómo no se hace nada para que todo siga igual. Pero sigue peor… Los que pertenecen al círculo áureo del poder real y que por cierto son muy pocos, esperan sentados y tranquilos, porque saben que incluso las peores crisis redundan en beneficios para ellos. Incluso algunos con ínfulas de profetas civilizatorios, como el magnate de la informática con nombre de puerta (Gates), anticipa las jugadas y planifica las ganancias que le producirán las sucesivas e inevitables hecatombes, sin mover un dedo para transformar el modo de producción en el mundo. Y la ciencia obediente a los mandatos del poder que la financia, descubre las soluciones técnicas a los desastres que el propio sistema produce y en una falacia circular nos hace creer que los descubrimientos son avances y progreso.

Mientras la explotación de los hidrocarburos se especializa en el fracking, que como su nombre lo indica, extrae por destrucción, los femicidios constituyen una epidemia invisible. Y la violencia hacia las mujeres depreda sus cuerpos como se hace con la tierra. Nos matan quienes dicen querernos, pero también nos matan desconocidos, por el simple placer de escribir, como dice Rita Segato (2013), sobre nuestra carne quién es el que manda aquí. Y esa escritura es un mensaje interminable. La vida de las personas está atravesada profundamente por la dependencia hacia fármacos y hacia el uso intensivo de un sistema de salud, paradójicamente devastado por los ajustes del neoliberalismo que gestiona nuestras vidas y nuestras muertes desde fines de los años 80. Así tenemos una población altamente medicalizada, pero que no podrá satisfacer su necesidad de medicalización. Como pasó con el alimento, la salud se tornó pura mercancía. Y los grandes ganadores de este torneo mortífero son las empresas farmacéuticas y alimentarias, que en general responden a los mismos directorios y accionistas. Los cercamientos sobre el cuerpo insisten en apoderarse de toda su autonomía y la promesa de acceder a la salud se vende en las farmacias a precios inalcanzables para las mayorías.

Así, el extractivismo global, que también se evidencia en el área financiera, en la ciencia que avanza diseccionando y experimentando con total crueldad sobre todas las especies, incluida la nuestra, en la tala constante de las reservas forestales mundiales para dar espacio a los agronegocios, en la gigantesca privatización de la naturaleza y la depredación y los exterminios de los pueblos que desde hace 500 años se practican sistemáticamente, conforma el escenario por excelencia de esta civilización, que insiste en ubicarse en lo alto de la cúspide evolutiva.

En este paisaje de depredación extrema, la pandemia por coronavirus deja al descubierto la fragilidad en que vivimos. Deja al descubierto el total desprecio por la vida que tienen las sociedades modernas. Sociedades cuyos rasgos de autoritarismo develan el profundo antropocentrismo que las rige. Sociedades que no podrán sostener las crisis que inevitablemente sobrevendrán unas tras otras. El mundo moderno, antropocéntrico, totalmente inequitativo y violento, profundiza las crisis y las desigualdades. Si no se plantea un cambio de rumbo (no es lo que salta a la vista) nos aguardan horas inciertas, pandemia tras pandemia, crisis del agua, del aire y de la tierra, un camino de desaliento y desesperanza. Y los únicos beneficiarios de las crisis serán las farmacéuticas que inventarán vacuna tras vacuna, la ciber-tecnología, los bancos y la industria de armamentos, porque si algo es seguro es que este mundo no se sostiene en paz.

Alternativas y propuestas

El cambio climático es una realidad, llegó y se profundiza cada día. Los desastres ambientales no encuentran reparo y tenemos enfermedades tropicales en zonas templadas como resultado de la deforestación, la extinción de especies y el calentamiento global. Todo indica que avanzamos hacia formas de destrucción y crueldad cada vez mayores por la vía del antropocentrismo, la acumulación, la enajenación y la destrucción. La actual crisis del COVID-19 nos demuestra que la civilización es la barbarie. Las alternativas posibles para superar las crisis y transformar el mundo se vienen practicando desde diversas estrategias colectivas de emancipación como la economía social, la agroecología, la economía del cuidado, las políticas de decrecimiento el “sumak kawsay / buen vivir” de los pueblos originarios, y los ecofeminismos, entre otras, que nos proponen soluciones y prácticas, sustentables, saludables y solidarias. Algunas de las cuales existen desde hace milenios con muy buenos resultados. Mirar otras experiencias de gestión de la vida, de producción del alimento, de cuidado de la salud y de expresión de la sexualidad, implica además romper con nuestro etnocentrismo. Así como vimos que el antropocentrismo desconecta a lo humano de su nicho ecológico y planetario, el etnocentrismo nos desconecta de la otredad negando otras formas de vivir en sociedad que no sean las propuestas por el horizonte de la modernidad europea.

Comunidades campesinas e indígenas de América, como las de Chiapas, nos enseñan cómo se tejen y sostienen las tramas de la vida. Estas experiencias se multiplican en nuestro continente, pero también sabemos de existencias similares en otras partes del mundo que deciden sostener su alteridad incluso cuando son perseguidas por los estados nacionales, los paramilitares, la violencia narco y las multinacionales siempre al acecho. Estas comunidades nos enseñan a cultivar sin agro-tóxicos, a parir sin cesáreas ni episiotomías, a curar con medicinas naturales, a enfermar menos y vivir mejor, a cuidar la tierra que es nuestro único hogar, a no consumir de más. Nos enseñan sobre la inutilidad de la acumulación. También nos enseñan que esta no es una crisis sanitaria aislada ya que desde hace al menos 20 años hay ciclos epidémicos que se repiten: el SARS, el MERS, el ébola. Saben que, si la naturaleza está herida, nosotros que somos parte indiscutible de ella, estaremos enfermos. Lejos de contentarse con un aislamiento que sólo es eficaz en grandes concentraciones urbanas, las comunidades campesinas o, sin ir más lejos, las comunidades barriales, saben que el contacto y la solidaridad son la mejor protección frente a la enfermedad y el hambre.

En el campo las huertas producen el alimento diario y en los barrios humildes se comparte lo que provee el Estado y otras asistencias. El conflicto capital-vida que se plantea en los ámbitos del mercado, del gobierno y de los medios de comunicación, no tiene consistencia en las comunidades que funcionan como tales. También nos enseñan las rebeldes, las valientes, quienes desobedecen los mandatos patriarcales y proclaman la liberación de sus territorios corporales animándose a ser de otras formas, a vivir y sanar de otras maneras. De estas comunidades y de la naturaleza tenemos que aprender. La decisión de sostener la vida no puede estar sujeta a las inclemencias del mercado, porque, en definitiva, el mercado no existe si no hay vida que lo sostenga. Esta crisis civilizatoria vuelve a poner en su lugar la importancia del cuidado y del sostén de los procesos vitales y nos obliga a dejar de mirar para otro lado en relación a todos los procesos destructivos que se implementan sobre el planeta con el solo fin de generar ganancias para unos pocos. Es imperante repensarnos, dejar de consumir frivolidades, planificar horizontes de vida comunitaria, romper los aislamientos, generar nuevos modos de gestión cotidiana de la vida, proponernos seriamente la construcción de un presente y de un futuro donde la vida digna sea posible.

Conexión / desconexión: La noche sin luciérnagas

Vivimos en un mundo globalizado que fuerza la conectividad al mismo tiempo que impone la desconexión. Conecta zonas lejanas, y eso no está mal, pero hay conexiones que están fundamentadas en la desconexión. Por ejemplo: las zonas productoras de frutas y verduras que abundaban en los cordones de las grandes ciudades se fueron desplazando. En esas zonas hoy predominan las inversiones inmobiliarias que transformaron ese espacio de producción fruti-hortícola en elegantes y bien cotizados barrios privados. Así. gran parte del consumo de frutas y verduras que necesitan las ciudades como Buenos Aires deben viajar miles de kilómetros en camiones refrigerados. Esto es posible gracias a la conexión por medio del transporte y las autovías. También es consecuencia de la desconexión con las tierras lindantes a la ciudad que se tornaron valiosa mercancía para el negocio inmobiliario. Conexión-desconexión típica de la economía global que hace de la excepción una regla siempre y cuando eso redunde en beneficios únicamente económicos.

Las consecuencias más directas impactan en el precio de los alimentos frescos por los costos agregados del transporte y en su calidad, ya que los productos deben ser cosechados antes de tiempo para ser puestos en cámaras frigoríficas y porque se utilizan bio-tecnologías de estandarización y estabilización, entre las cuales la más conocida es la trans-génesis. Cuando éramos chicas los duraznos eran hermosos: perfumados, dulces, sabrosos, de diferentes formas y tamaños, muy peludos, jugosos. Eran accesibles. En los veranos era la fruta predominante porque era la fruta de estación. Comíamos duraznos robados a la hora de la siesta, hacíamos helado de duraznos licuados con agua y apenas azúcar. Los grandes tomaban clericó de duraznos con vino tinto y a veces nos convidaban. Desde hace más de 20 años que los duraznos se transformaron en un lujo. Son carísimos porque viajan más más de mil kilómetros para llegar al mercado del barrio. Además, son todos iguales, clonados, enormes, de belleza uniforme y en general desabridos. Son de extrañar los duraznos de la infancia, esos que se conseguían en el barrio y los que comíamos en Mercedes, provincia de Buenos Aires, y que fuera galardonada como la capital del durazno. Hoy en las tierras donde mis bisabuelos plantaron frutales que durante casi cien años nos dieron sus frutos, hay casas de fin de semana con piletas y jardines. No hay más duraznos.

La producción de carne vacuna y aviar tomó el modelo del campo de concentración. ¿Tendrá algo que ver Bayer-Monsanto en esto? Claro que sí. La producción industrializada de alimentos toma el modelo de la plantación colonial, como nos enseña Achille Bembé (2011) con su ensayo Necropolítica: el campo de concentración no hace sino reeditar el modo plantación esclavista, renovando la esclavización de la tierra, las plantas y los animales de forma extrema. Vigencia de los manifiestos de las “zorras rojas”, que desde la década del ´70 denunciaban a los laboratorios farmacéuticos y a la bio-tecnología como continuidades del régimen nazi, como una suerte de Gestapo dirigida hacia la naturaleza. (Se trató de un grupo de lucha armada de lesbianas y mujeres. Se dieron a conocer en 1977 con el ataque a la Cámara Federal Alemana de Médicos en el contexto por la despenalización del aborto.)

Una amiga, la querida Lucía Scrimini (médica antipsiquiatra, pensadora y feminista), suele decir: nada bueno se puede encontrar en los supermercados. Allí encontraremos lo producido según el modelo extractivista alimentario, que es el mismo modelo que el de la plantación colonial y el de la minería actual. En cuanto a otros comodities que se producen en el país, encontramos a la estrella principal: la soja. Volviendo a la pequeña aldea (cuánta razón tenía Tolstoi con eso de pinta tu aldea…), la querida Mercedes, la soja es otra de las protagonistas de estas transformaciones. Allí nomás donde se emplazan los barrios de casas de fin de semana y a menos de dos kilómetros de la ciudad, los grandes pools sojeros alquilan las chacras para cultivar soja. Incluso propietarios de pocas hectáreas, entre 5 y 15 has., pueden obtener una renta que les permite vivir sin tener que trabajar. En la obtención del beneficio inmediato no entra el cálculo del impacto destructivo sobre la tierra, el agua, la flora y la fauna locales. No quisiéramos medir los niveles de glifosato y agrotóxicos del agua que tomamos cuando en Mercedes. Hace unos meses se incendió una fábrica de agroquímicos muy cerca de la ciudad y la amenaza de envenenamiento aterró a los habitantes. Pero el fuego se apagó y el humo se dispersó y la vida siguió su curso normal. Y mientras todo nos induce a conectarnos vía las pantallas de celulares y ordenadores nos desconectamos de las personas, del entorno y de los demás seres vivos, nuestros “compañeros de aventura planetaria” como los llama Yayo Herrero (antropóloga, ingeniera, docente y activista ecofeminista).

Conexión/desconexión es la marca paradojal de la globalización económica. Conexión de los mercados, desconexión de la vida. Conexión de las ganancias, pérdida de autonomía sobre la tierra y los alimentos, desconexión de la naturaleza. Conexión con los medicamentos, desconexión de la salud. Conexión con la tecnología, desconexión de los cuerpos. Las noches de los veranos de mi infancia en Mercedes, allá por los años ´70, estaban iluminadas por millares de luciérnagas. Hace más de 30 años que las luciérnagas desaparecieron. Y con ellas los grillos, los sapos y los cascarudos que llenaban los patios con su presencia. Sabemos que la desaparición de una especie acarrea efectos en cadena que desequilibran los ecosistemas enteros. Este desequilibrio ecológico tiene impactos sobre nuestra salud. Y si no pensamos seriamente en exigir y practicar el cambio en la producción y el consumo de alimentos, entre otras cosas, deberemos acostumbrarnos a la emergencia de un futuro sombrío y siniestro… una larga noche sin luciérnagas.

*María Elena Ramognini es antropóloga social, máster en Género, Política y Sociedad (FLACSO) e investigadora y docente en temas de género. Activista ecofeminista. Música, artesana. Es integrante del colectivo Salud! (parte del libro Mujeres colectivas, publicado por 90 Intervenciones en Red Editorial, 2019) y reside en Buenos Aires.

 

 

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