En El Sifón los transas someten jóvenes con prostitución, paco y nubaína

2 mayo, 2017

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Territorial
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El narcomenudeo es un negocio perfectamente aceitado. Los transas contratan ‘soldaditos’ para custodiar el negocio y cuentan con la protección de la policía y de sectores de la política, que se llevan jugosas ganancias a cambio del silencio. Las deudas se saldan con sangre y las mujeres son obligadas a prostituirse.

El humo se eleva desde una fogata, en la entrada del pasillo angosto donde vive Yrma Monroy. “A la noche los chicos prenden fuego  por el frío y pasan la noche consumiendo”, dice la referente del barrio ‘El Sifón’. A finales del 2001, durante la revuelta popular que puso fin al gobierno de Fernando de la Rúa, Yrma impulsó en su barrio las ollas populares para darle de comer a los chicos que estaban al borde de la muerte. Hoy es una referente en la lucha contra el narcotráfico.

El Barrio Juan Pablo II, o como se lo conoce popularmente, ‘el Sifón’, es una barriada pequeña al noreste de San Miguel de Tucumán estructurada en pasillos angostos que cortan transversalmente las calles San Miguel, Lucas Córdoba, Ecuador y Venezuela. El barrio está rodeado de dos villas populares de la provincia: Juan XXIII, conocido como ‘La Bombilla’ y el barrio ‘Trulalá’. Yrma vive en uno de los pasillos frente a la plaza, en la casa donde también funciona el comedor que administra, Los Lapachos.

La plaza es el lugar señalado por los vecinos como el principal punto de venta. El marcado de la droga funciona con las mismas reglas de cualquier mercado: crear la necesidad es el primer paso. Convidar ‘de onda’ una primera dosis es el mecanismo al que echan mano los transas para acercar a los más chicos. “La edad de consumo está bajando. Hoy los chicos empiezan a consumir desde los 10 años”, comenta Irma.

Cuando un chico queda ‘pegado’ y necesita consumir de nuevo comienza el verdadero negocio. Los jóvenes terminan atrapados entre dos opciones: robar para pagar la droga o trabajar para el transa como ‘soldaditos’. Arma en mano, el soldadito no solo pone la cara para vender, sino que además se encarga de avisar al transa cuando la policía llega al barrio y son los que se ensucian las manos cuando hay que matar a un familiar del transa de la competencia o a un chico adicto que debe plata.

En El Sifón la dosis de paco cuenta 15 pesos y algunas familias ofrecen a los chicos una “promoción” de 20 pesos que incluye una dosis, un encendedor y una esponja de virulana (la virulana se usa para encender la pipa). En el barrio, además de pasta base, se comercializa marihuana, pastillas y nubaína, un analgésico inyectable que tiene efectos similares a la morfina y que es utilizado en proporciones pequeñas con la anestesia para el pre y pos operatorio. “En todos los quioscos del barrio venden jeringas, porque muchos chicos se inyectan nubaína. Y cuando no se consiguen pastillas los chicos las compran en una farmacia que está en la Asunción y Chile, ahí les venden clonazepan sin receta”, cuenta Mónica Gutiérrez (su nombre real fue cambiado para preservar su identidad)

De acuerdo a testimonios de vecinos, los fines de semana el barrio se convierte en una pasarela de autos que llegan al barrio a comprar droga. La pasta base de mayor pureza se vende a la gente de afuera. A los chicos del barrio les venden la droga estirada con cenizas de huesos que piden en las carnicerías, de muy baja calidad y más barata.

Hoy lo que más atemoriza al barrio es un fenómeno que los vecinos caracterizan como una nueva modalidad de los transas para cobrar sus deudas. En El Sifón los transas ven en las chicas adictas un objeto de consumo. Así, las jóvenes sufren una doble opresión: son adictas y además ejercen la prostitución contra su voluntad para saldar sus deudas.

G. (pidió la reserva de su nombre), contó que desde hace un tiempo es frecuente que lleguen al barrio vehículos buscando chicas para fiestas privadas. El transa arregla un monto de dinero con los clientes, marca a las chicas que les deben plata y las obliga a prostituirse para pagar la deuda. “El otro día una chica se fue con una amiga a una fiesta privada obligada por un transa. Después la chica contó que en la fiesta eran 10 tipos y que la obligaron a hacer algo que no quería. Ella se enojó y les robó un celular. Parece que después el transa se enteró y la golpeó en la cara”, cuenta G.

Los pasillos del barrio son el testimonio vivo de lo que nos cuentan los vecinos. Cajas de vino, encendedores y papelitos metalizados pululan por el camino de tierra que conduce a la plaza. “Algunas madres les dicen a los chicos que no digan que viven en El Sifón, porque para los de afuera es un barrio de drogadictos y delincuentes. Pero yo les digo a los chicos que no le digan Juan Pablo II, que le digan el Sifón, porque esa es nuestra identidad y no hay que ocultarla”, finaliza Irma. El narcomenudeo no sólo enfermó a una generación de jóvenes que ve bloqueada cualquier posibilidad de progreso, sino que además rompió el tejido social y los lazos comunitarios: “los chicos saben que su destino es la muerte. O mueren por el paco  o los mata el transa”, fustiga Mónica.

Porque negar el problema te hace cómplice de la muerte. Como dice Yrma, “yo no tengo miedo, no se puede vivir con miedo”.

Fotos: Gastón Guirao – Leandro Zerda

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