En La Costanera las madres hacen un comedor de noche para jóvenes en situación de consumo

24 mayo, 2017

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Mercedes Villagra vivió toda su vida en la Costanera. Aunque afirma que el barrio mejoró en algunos aspectos, muchas veces siente desesperación al ver los estragos que la droga está provocando en niños y jóvenes.

 

“Cipriana”, como suelen llamarla, es madre de Claudio y Juan Carlos, dos jóvenes con problemas de adicción. Todos los martes se reúne junto a otras mamás para llevar adelante el comedor de la Costanera. No sólo se trata de preparar comida: para ellas significa un espacio de encuentro donde poder compartir sus preocupaciones, brindarse mutuo apoyo para seguir luchando contra esta problemática y ofrecer contención a los jóvenes del barrio.

El comedor nació hace un año como una iniciativa del grupo de jóvenes “Ganas de Vivir”, acompañados por el equipo técnico de la Secretaría de prevención y asistencia de las adicciones. Desde sus inicios, el proyecto no sólo contemplaba poder convidar un plato de comida a quien lo necesitara sino además buscaba ser una actividad de la que pudieran encargarse jóvenes en recuperación de las adicciones como parte de su proceso terapéutico. También se buscaba que se convirtiera en un espacio de encuentro y contención para quienes estén en situación de consumo.

Con mucho esfuerzo, el comedor continúa funcionando. Varias son las madres de jóvenes adictos que se sumaron a la iniciativa. Desde este año, Jaki Ponce, integrante de Ganas de Vivir, abrió las puertas de su casa para brindar el espacio físico donde pudiera funcionar el comedor. Antes se llevaba a cabo en la Casa Pastoral.

Alrededor de las tres de la tarde, las mujeres comienzan a reunirse en casa de Jaki para amasar el pan. Entre mates y charlas, comienzan con la preparación de la comida, que llevará más o menos tiempo dependiendo del plato del día: anoche, por ejemplo, guiso de arroz con lenteja y albóndigas. Los insumos provienen en parte a través de una partida del Ministerio de Desarrollo Social, y en parte de las donaciones que llegan al comedor.

Al caer la tarde, y llegado el otoño la oscuridad, los primeros comensales comienzan a caer al comedor. Ya todos saben que cuando se esconde el sol tendrán un plato de comida asegurado. “Esta hora es ideal porque llegan los chicos que se van a trabajar en el limón”, comenta Cipriana.“Quizás será el único plato de comida que algunos prueben en el día”, agrega.

Aunque su tarea es titánica y no reniegan de ella, las madres son conscientes que los jóvenes necesitan la atención de los profesionales y que aquí debería intervenir el Estado. “Necesitamos psicólogos en el barrio. Necesitamos que el gobierno se haga cargo, que se termine el Cepla, para que allí también pueda funcionar el comedor”.

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