“Hay que tirar la pared donde está el pendejo hijo de puta ese”

3 abril, 2020

Commentario

Derechos Humanos Destacada Tucumán

El grito de un policía con pasamontañas retumbó en la silenciosa noche del barrio La Bombilla, donde la cuarentena empieza a cumplirse cuando se va el sol. La pared a la que se refería es donde está dibujado Facundo Ferreira, el niño asesinado por uniformados el 8 de marzo de 2018, donde funciona el merendero “Negrito Facundo”.  Ana Reales es la madre de Miguel ‘Reyes’ Pérez. Desde hace dos años, sostiene el merendero que cada día alimenta a 70 niños y niñas de San Cayetano. Pero se le termina la mercadería y la situación económica cada día complica más su iniciativa. ¿Cómo viven la cuarentena las familias de víctimas de violencia policial en Tucumán?

Cuatro noches atrás, minutos antes que el presidente Alberto Fernández anuncie la prolongación del aislamiento social  preventivo y obligatorio, policías del Grupo Cero patrullaban el Barrio Juan XXIII. Frenaron en la esquina de Asunción e Italia, frente a la casa de Karina Ferreira, donde funciona el merendero “Negrito Facundo”. En una de las paredes está retratado Facundo Ferreira, el niño de 11 años asesinado por dos policías el 8 de marzo de 2018. “Hay que tirar la pared donde está el pendejo hijo de puta ese” gritó un policía con un pasamontaña. Lo vieron y escucharon las primas de Facundo de 20 y 22 años que viven en esa casa. Lo sufrió toda la familia Ferreira, harta de la prepotencia y violencia policial.

La cuarentena obligatoria fortaleció la presencia policial en las barriadas más populares. A diferencia de lo que pasa en territorios donde transitan las clases media y alta, en los barrios humildes se registran actuaciones violentas de las fuerzas represivas para instar a cumplir con el aislamiento. APA! habló con la familia de Facundo Ferreira y de Miguel Reyes, el joven baleado por un policía el 25 de diciembre de 2016 y que murió el 16 de enero de 2017, tras agonizar 23 días. 

“Nosotros pensamos que puede andar el asesino de Facundo ahí (se refiere al policía Mauro Díaz Cáceres) . Tanta policía que pasó, nunca nadie insultó por el dibujo. Pensamos que puede haber sido porque sabemos que está trabajando normalmente”, relató Malvina Ferreira, tía de Facundo.

En el Barrio Juan XXIII, conocido como Villa La Bombilla, la policía circula con normalidad. La normalidad de los barrios, que es el hostigamiento permanente por parte de los uniformados a vecinos y vecinas. La primera semana del aislamiento obligatorio estuvieron muy presentes pero ahora no. Pero lo que sí creció fue el hambre. “La gente está mal en el barrio. Los comedores se cerraron. Mucha gente está pasando necesidad”, contó Malvina. El merendero “Negrito Facundo” también cerró por la cuarentena aunque evalúan reabrirlo a partir de la semana que viene. Es que los 80 chicos y chicas que cada martes y jueves buscan su merienda les empezaron a pedir que vuelvan.

 

San Cayetano

“Tengo miedo por mis hijos y por los chicos de la zona. La policía está cada día peor. En San Cayetano se ve mucha cosa injusta, los levantan a los chicos que están en la vereda, les pegan. Siempre han hecho eso pero ahora están con el camino libre”, detalló Ana Reales. Por la cuarentena, Ana no puede viajar hasta la Banda del Río Salí donde tiene puesto en un mercado de frutas y verduras. Por eso, abrieron una verdulería en su propia casa y donde también funciona todos los días un merendero que alimenta a 70 chicos y chicas. “Quisiera llegar a más pero no me alcanza”, lamentó.

Ana tiene miedo y como no tenerlo si un policía baleó a su hijo Miguel ‘Reyes’ Pérez a metros de su casa. Y ahora ve como la policía urbana, la policía federal, la Gendarmería grupo operativo motorizado (GOM) circulan por el barrio golpeando con especial saña a los  chicos que están quebrados por el paco. “Pero también a padres de familia”, recalcó.

Pero a pesar del miedo, Ana decidió continuar con el merendero porque hay muchas carencias entre la gente de San Cayetano. “Había mucha necesidad, ahora peor porque los padres son changadores, viven el día a día. Y no alcanza. Lo que siempre pido es que no me abandonen, que me ayuden para el merendero y para el comedor que hago una vez a la semana. No gasto en la verdura porque saco de la que tengo para vender. Lo que necesito es carne o pollo. Mercadería: leche, azúcar, yerba, ropa usada, cuaderno”, pidió.

También necesitan alcohol en gel, lavandina, jabón. Nadie del estado se arrimó a la zona. “Somos olvidados. Lo único que nos mandan es la policía para que nos pegue”, reclamó. El miedo a la pandemia fortaleció en muchos casos los vínculos solidarios. Ana es un ejemplo de eso, de cómo organizarse solidariamente por abajo es la mejor manera de enfrentar el aislamiento obligatorio.

 

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