Inundaciones y solidaridad: las dos caras de una misma moneda

7 abril, 2017

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Territorial
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En Simoca, un pueblo escondido en el monte padeció la furia del río Gastona y los vecinos quedaron aislados y sin luz. En La Madrid el agua todavía no baja y la gente vuelve a sus casas con la esperanza de recuperar algo. Se masificaron las redes solidarias de voluntarios.

“No la pasamos muy bien. Teníamos agua hasta las rodillas. En la piecita de barro que tenemos ha entrado agua. Al otro día de la inundación el agua ha empezado a mermar, pero ha quedado barro”. José Almirón nos hace un ademán con su mano invitándonos a pasar a su casa: una pieza de material y dos ranchos de paja.  Allí vive con su esposa, una hija y su nieta. José habla en un tono bajo y con  la voz cansada. Es un hombre mayor, curtido por el trabajo en el monte, allá donde no llega el Estado y los derechos son utopías.

El departamento de Simoca está ubicado al sudeste de la provincia, a 50 kilómetros de San Miguel de Tucumán por Ruta Nacional 157. El nombre de la ciudad  proviene del quechua “Shimukay”, que significa lugar de paz y silencio. Simoca es conocida como la Capital Nacional del Sulky y uno de los principales atractivos de la ciudad es la tradicional feria de los sábados, lugar donde confluyen compradores y vendedores de diferentes puntos de la provincia. Allí se pueden encontrar todo tipo de artesanías, comidas regionales y hasta productos importados. Simoca es también la ciudad de las inundaciones y el olvido. Cada año, la crecida del río Gastona arrasa con todo lo que encuentra en su camino y para los vecinos la historia se repite una y otra vez: rescatar lo que se pueda y empezar de nuevo.

Paramos en la Escuela Media de Atahona. Allí nos esperan nuestros guías: cuatro chicos de entre 8 y 15 años. Ellos nos marcarán el camino para llegar a las familias afectadas de la zona de Sandoval, un pequeño pueblo monte adentro, a pocos kilómetros de la ciudad de Simoca.  Antes de entrar al pueblo nos vemos obligados a dejar el auto. Delante de nosotros una vieja camioneta carga en la caja una decena de jóvenes que la noche anterior habían formado un grupo de Facebook para recaudar víveres y llevarlos a las familias afectadas por las inundaciones.  Los chicos se amontonan y nos ofrecen continuar camino junto a ellos. Sin pensarlo nos subimos a la caja y seguimos viaje, más apretados que nunca.

 

Ni un centímetro de tierra seca. El camino de barro nos hace lento y dificultoso el avance. El agua estancada en las orillas del camino se resiste a evaporar con el mismo tesón que los vecinos se resisten a abandonar sus viviendas. Además de la cosecha, los animales son la principal fuente de subsistencia de los vecinos de la zona, que no están dispuestos a perder ni un solo chancho, ni una sola gallina.

“Ahora la estamos pasando mejor porque vienen la gente a dejarnos una ayuda. Estamos sin luz desde el domingo. No vino nadie del gobierno a ayudarnos. Hablamos con el delegado comunal y nos mandó agua al otro día de la inundación, pero después no ha venido nadie. Ya hace varios años que pasamos esto. Siempre venían 5 días después que pasaba todo, pero cuando los necesitábamos no venia nadie”, se lamenta Almirón.

“Estamos colaborando con la gente en estas inundaciones; a la escuela llegan donaciones de toda la provincia. Esta es la única ayuda que le llega a la gente. Estamos recorriendo distintos parajes en Atahona. La gente está aislada y los camiones están feos, no se puede llegar hasta las casas.  En la localidad de los Sandoval viven 40 familias. No hay evacuados porque la gente no quiere dejar sus cosas. Gracias a la gente que colabora le podemos hacer llegar mercadería a esta gente”, nos cuenta Ramón Ignacio Juárez, docente y Director de la Escuela Media de Atahona, la escuela de la zona donde llegan las donaciones desde diferentes puntos de la provincia.

La ayuda del Estado sólo llega a los pueblos emplazados a orillas de las rutas. Allá, en los vecindarios escondidos en el monte, sólo llegan las promesas. Ante el abandono sistemático del Estado los lazos comunitarios resultan determinantes para garantizar a los damnificados la subsistencia mínima.  Por este motivo Juárez destaca la solidaridad como uno de los pilares fundamentales en los que se apoyan los vecinos. “A esta gente se le moja todo, no puede hacer fuego porque se le quema la leña, y para colmo desde el domingo están sin luz. Es muy importante la solidaridad, porque esta gente todos los años pierde todo. La gente vive de la cosecha y de la cría de los animales. Este año la inundación fue peor que en otros años. Acá en la zona no se acercó nadie del estado a ayudar a los damnificados”, dice con zozobra.

Buscamos el auto y regresamos a la escuela, donde nos esperan con un mate cocido y bollos. Un poco más al sur, en la localidad de La Madrid, el agua se quedó a vivir en las calles y los vecinos duermen en carpas a lo largo de la ruta 157.  Si bien las calles continúan con mucha agua, el nivel bajó considerablemente con respecto al domingo, cuando alcanzó una altura de más de un metro con noventa. Muchas familias regresaron a sus casas con la esperanza de recuperar algo. Sin embargo, se encontraron con un panorama desolador. A esto se suma la enorme preocupación de los vecinos por el pronóstico climático, que anuncia la continuidad de las lluvias en los próximos días. Aquí también, como en Simoca, la solidaridad se hace carne.

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