Juicio al Clan Ale: Tres décadas de sospechas convertidas en prueba

22 mayo, 2017

Commentario

Derechos Humanos
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Los rumores y anécdotas sobre el funcionamiento de la banda más temida por los tucumanos quedaron registrados en dos testimonios del juicio oral que se desarrolla en el Tribunal Oral Federal. Un imperio económico montado, presuntamente, sobre la usura, el homicidio, el narcotráfico y la explotación sexual de mujeres. Lo que hasta ahora era murmullo se acaba de inscribir en la historia. Por Mariana Romero, especial para APA!

 

La plata brotaba incontrolable de las máquinas, de la droga, de las mujeres, de la misma plata. Los billetes se reproducían a sí mismos a un ritmo tan infernal que no había forma de insertarlos en el circuito legal. Las propiedades se acumulaban mientras las ganancias se multiplicaban como un cáncer que, tarde o temprano, terminaría atacando al sistema mismo. Y haciéndolo colapsar.
Esas son las sospechas que la Fiscalía mantiene sobre las actividades que convirtieron al llamado Clan Ale en uno de los más poderosos de la provincia. La premisa es compartida con la Unidad de Información Financiera (UIF) y la Administración Federal de Ingresos Públicos (Afip), querellantes en un juicio que, por sus características, muchos comparan con el que en 1931 condenó por evasión de impuestos a uno de los capomafia más conocidos de la historia: Al Capone.
La historia de los Ale no tiene nada que envidiarle a la del gángster neoyorkino de principios del siglo pasado, de acuerdo al relato de los testigos que desfilan por las audiencias del juicio que se realiza todos los miércoles en Tucumán. Ni siquiera la ironía de acumular pruebas que apuntan a lo más hondo del crimen organizado para terminar pidiendo penas sólo por delitos económicos.
El presunto entramado de actividades fuera de la ley que llevó a los Ale a amasar una fortuna -hoy sospechada de ser producto de actividades delictivas- se desplegó en dos declaraciones de una testigo de identidad reservada, que fue detallando cómo funcionaba un sistema imparable de multiplicar dinero. El relato aportó datos de las principales fuentes de ingresos que se les atribuye a Ángel “El Mono” y su hermano mayor, Rubén “La Chancha” Ale: la usura, los aprietes, el tráfico de droga y la explotación sexual.

Las mujeres
A Marita Verón la reprendieron en lo de “Lita”. La habían llevado a realizarse un aborto y ella había ido vestida con un jean, una prenda incómoda para esa práctica. La testigo F081014 la conoció ahí porque a ella la habían llevado para interrumpir uno de los dos embarazos que tuvo del Mono Ale, relató. Hablaron poco. Marita alcanzó a decirle que se llamaba María de los Ángeles, pero no su apellido. La testigo no la reconoció sino hasta algún tiempo después, cuando su foto ya circulaba en todo el país como la joven tucumana desaparecida. Era mediados del año 2002.
“Yo la vi. Estuvo en mis manos hacer algo pero no lo hice. Porque una ‘desaparece’, pierde el privilegio de ser ‘amante de’”, contó la testigo en el juicio. Ser “amante” en el mundo de la trata de personas no significa lo mismo que en el imaginario romántico. A la amante se la prostituye como a cualquier otra, pero tiene ciertos privilegios a la hora de no recibir algunos castigos. En aquella época, ella estaba en poder de El Mono, declaró.
Hasta el juicio, nunca le había contado a nadie que vio a Marita. La situación de la joven tucumana se había convertido en una brasa ardiente y la testigo guardó el secreto durante más de 15 años. En su primera declaración, entre llantos, sorprendió a la audiencia con la revelación. Había tomado la decisión de, finalmente, decirlo cuando le informaron que, pese a ser una testigo protegida y de identidad reservada, iba a declarar con el rostro descubierto. Las contradicciones íntimas de una víctima de trata afloraron cuando se refirió al tema: “me cuesta mucho ponerme en el lugar de víctima, porque yo fui ‘parte de’. Es algo que hablo con mi profesional”.
La trata de personas con fines de explotación sexual es particularmente cruel respecto de otras formas de privación ilegítima de la libertad. Instaura en el imaginario de la víctima la idea de que lo que le ocurre es merecido porque ella, en definitiva, no es otra cosa que una puta. Años de adicción a las drogas y amenazas constantes contra su familia hacen el resto: muchas víctimas terminan suponiendo que no escapan porque, en definitiva, no quieren.
Pero con explotarlas sexualmente no basta. Las mujeres comienzan a formar parte de la maquinaria que todo el tiempo necesita más materia prima y, por eso, las hacen participar de la “selección” de muchachas. La testigo contó cómo ella misma “marcaba” a jóvenes en boliches y salas de póker y luego le daba una lista a Daniela Milhein, condenada por dos causas de explotación sexual (una es la de Marita). Esa selección, agregó, luego pasaba a la imputada María Jesús Rivero, entonces esposa de La Chancha. Las jóvenes fichadas debían tener buen cuerpo y no más de 19 años.
“¿Por qué no escapó? ¿Por qué, tras haber sido explotada, como usted dice, volvió en 2002 a trabajar para los Ale en una casa de cambio?”, preguntó Cergio Morfil, abogado de El Mono. Los micrófonos de la sala estaban apagados para todos, excepto para la presidenta del Tribunal, Alicia Noli, encargada de transmitirle las preguntas a la testigo. “El padre de mi hijo trabajaba para ellos, primero indirectamente y después directo. Le quiso meter un tiro a mi hijo y yo me volví a buscar la protección de los Ale. En esa época, la violencia era culpa de la mujer”, respondió. “¿Cuándo se desvinculó de ellos?”, le preguntaron. “Yo puedo decir que dejé de trabajar 100% para ellos en 2005. Pero es imposible hablar de desvinculación en materia de trata y de prostitución”, respondió.
El destino de cada víctima de trata es distinto, pero siempre es terrible. Algunas no sobreviven a la explotación. Otras, las que se adaptan, terminan convirtiéndose en lo mismo que las esclavizó (Daniela Milhein es un ejemplo de ello). En el camino, muchas son vendidas. La propia testigo relató cómo se enteró que el hombre que la había explotado sexualmente durante años, la había castigado y había abusado de ella la entregó a cambio de dinero a otro proxeneta. Ella misma estaba sorprendida, dijo, de que pasaba el tiempo y los Ale no volvían a molestarla. Pensó que ya no les era útil. Pero fue su nuevo “dueño” quien le explicó que él había pagado una buena suma de dinero por ella. Que no la habían dejado en paz, sino vendido.

Los “préstamos”
De acuerdo al testimonio de F081014, a principios de la década pasada los Ale habían logrado perfeccionar un sistema de créditos que multiplicaba su dinero de manera casi exponencial. El mecanismo, según lo revelado, era el siguiente: La Chancha aportaba el capital y Fabián González, otro de los imputados, se encargaba de conseguir prestamistas. La tasa de interés era del 30% mensual pero el prestamista sólo se quedaba con el 10%. El resto iba a parar a las arcas del mayor de los Ale y Gonzáles. La testigo aclaró que la plata nunca era trasladada por los Ale sino por terceros. Muchas veces, las transacciones se hacían en determinados bares céntricos donde habían enviado a mujeres a trabajar como mozas para que hagan circular el dinero, agregó el testimonio.
Los “clientes” solían ser, al principio, consumidores de droga a quienes se facilitaba efectivo para seguir comprando. Los montos chicos pronto pasaron a ser más jugosos y comenzaron los inconvenientes por las deudas. Los acusados –según la declaración de la testigo- resolvían el asunto mediante “aprietes, peleas y castigos”. Sin embargo, el negocio funcionaba básicamente porque, en el Tucumán de aquella época, a nadie se le hubiera ocurrido estafar al clan. “La gente sabía quiénes eran los Ale”, dijo.

La droga
La cocaína, la marihuana y el paco también multiplicaban la fortuna de los Ale, según relató la testigo, que aseguró conocer el sistema porque el padre de su hijo formaba parte de él. La cocaína era fraccionada en una finca propiedad de El Mono en Leales y luego distribuida a través de una mujer conocida como “La Gorda Zulema” y sus narcomenudeantes, contó.
La venta de estupefacientes, especialmente en la capital (aunque la testigo refirió que también llegaba al interior de la provincia), ocasionaba situaciones de apriete y enfrentamientos. La red de distribución, agregó, estaba integrada, entre otros, por el imputado César Marcelo Manca; el líder de la Banda del Camión (una facción de la barra brava de San Martín) Gustavo “Flay” Roldán y José “PC” Rivas. Flay es conocido internacionalmente como uno de los barras deportados del mundial de Sudáfrica porque había sido condenado por una emboscada en la que murió un hincha de Atlético y otro resultó herido. PC, en tanto, fue absuelto hace 12 años de un homicidio, no por no haberlo cometido, sino porque la investigación policial estuvo viciada. El mismo Mono Ale, presunto cabecilla de la banda, es un asesino confeso: mató a dos rivales de la banda delictiva “Los Gardelitos” en 1986 y purgó menos de dos años de prisión por el crimen. Nunca más sería condenado por ninguno de los otros delitos que se le atribuyeron.
En la declaración, también aparecen los nombres de los hermanos Peralta. Dijo haber conocido a uno de ellos, apodado “Oreja”, cuando comenzó “de esclava”. “Él terminó consiguiendo los datos para hacer el negocio de la droga”, indicó. Al otro hermano no lo conoció, pero señaló que se decía que “apretaba gente para los Ale” y que lo llamaban “Pico”. En efecto, los hermanos Peralta tienen un historial de entradas a calabozos extensa por temas vinculados al narcotráfico. Pico, de hecho, se hizo conocido en Tucumán por escapar en 2016 de la comisaría de Delfín Gallo en una huida que, al principio, se presentó cinematográfica: los policías dijeron que había sido liberado en un asalto comando; pero luego se supo que prácticamente salió caminando sin que nadie lo detuviera.
Hoy, el negocio de la venta de droga está en manos de La Gorda Zulema, que fue apropiándose del aparato cuando los Ale fueron procesados en esta causa, detalló la testigo.
Aprietes y zonas liberadas
¿Cómo es posible que todo esto ocurriera en plena ciudad, ante la vista de la Justicia y la Policía? La testigo aportó varios datos para dilucidar este misterio. El primero, tiene que ver con “los sobres”. F081014 contó cómo ella misma, en varias oportunidades, llevó paquetes de dinero a Tribunales. Aunque no dijo a quién se los entregó, sí señaló a los entonces fiscales Guillermo Herrera (hoy jubilado e investigado por posibles delitos cometidos en tres causas) y Alejandro Noguera (actualmente, fiscal ante la Cámara de Apelaciones) como los “arreglables”
En el marco de la Policía la cosa era más simple. De acuerdo al testimonio, varios policías ya estaban “arreglados” y trabajaban para La Chancha. Eran los encargados, por ejemplo, de liberar zonas para el traslado de grandes cantidades de dinero o de droga, aseguró. Incluso, la testigo aportó varios apellidos: Lamas, Lazarte, Costilla, Domínguez y otros. “Nos decían, por ejemplo, ‘en la avenida Roca no van a tener problemas porque Lazarte se encargó’. Nosotros íbamos con el apellido para no tener problemas”, graficó.
Los aprietes muchas veces eran por problemas de liberación de zonas, continuó la testigo. Otras, porque un policía no sacaba de la comisaría rápido a alguno vinculado a la banda. También eran por deudas. De acuerdo al testimonio de F081014, personajes conocidos de Tucumán recibieron aprietes: el actual secretario de Trabajo, Roberto Palina; el ex fiscal Jorge Lobo Aragón (su estudio fue baleado en 2009), Daniel y Franco González y un hermano del entonces gobernador Julio Miranda.

La voz de los que nunca hablaron
La declaración de la testigo protegida puso cuerpo a miles de anécdotas macabras que muchos comprovincianos atesoran en la memoria de la Tucumán de las últimas décadas. Historias de aprietes, de asaltos tipo comando, de enfrentamientos armados que dejaron un tendal de muertos, de compra y venta de droga, de prostitución y de usura. Sin embargo, el entramado fino del sistema que los Ale habrían comenzado a montar allá por principios los ‘ 80 –y que se prolongaría por cerca de tres décadas-, quedó por primera vez expuesto en un juicio oral y público.
Pese a que El Mono le repita a quien quiera oírlo que tiene a “45 personas” trabajando para él afuera, y a pesar de que el año pasado, en la remisería La Nueva Estrella –propiedad de La Chancha- filmaron tremendas torturas a un joven desarmado, el proceso continúa. El testimonio de F081014 no fue el único que aportó luz sobre el presunto aparato mafioso que señoreó durante años a la provincia: antes que ella, un arrepentido de la banda también develó el modus operandi del clan, hoy enjuiciado por delitos económicos.
La sentencia podrá condenar o absolver a los Ale por asociación ilícita o lavado de activos. Pero el relato del horror, narrado en primera persona y por protagonistas de esos años de miedo quedará inscripto en la historia y ya nunca más se podrá decir que los Ale son invencibles. Con miedo –mucho- pero con firmeza, dos testimonios pusieron palabras a lo que eran sólo rumores. Lo que hasta ahora fue leyenda comienza, finalmente, a convertirse en registro para la posteridad.

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