“La actualidad de Marx es la de la crisis del capitalismo”

5 junio, 2017

Commentario

Trabajadores
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Aldo Casas es un reconocido intelectual de izquierda. Durante los últimos 40 años, se dedicó a construir una praxis que permita pensar las revoluciones derrotadas, los errores cometidos y nuevas formas de autoorganización que apunten fortalecer el poder popular. Hoy presentará en Tucumán su último libro “Karl Marx, nuestro compañero. Una invitación a conocer su vida y sus combates” donde recupera al revolucionario, al comunista, al que ‘asumió como propia la lucha de los trabajadores’. A 150 años de la primera edición de El Capital y a 100 años de la Revolución Rusa, repensar estos hitos es hacer un análisis crítico del capitalismo y las alternativas populares a la crisis humanitaria que genera. Esta tarde Casa presentará el libro en el Círculo de la Prensa, Mendoza 240, a las 19:30.

La cooperativa Pangea, un bar autogestionado con más de 10 años de funcionamiento, es el espacio elegido para el taller sobre el Capital que Aldo Casas dicta a una treintena de jóvenes (y no tanto) que escuchan atentamente. Es el invitado especial: la escuela popular Berta Cáceres comenzó hace un mes la segunda edición de este curso. Al finalizar la actividad, Casas se predispone al diálogo con APA! Porta una boina negra, los rasgos marcados, los ojos  despiertos. En la casi hora que duró el diálogo, suspiros y risas se alternarán por igual. Pero, sobre todo, la firmeza de su convencimiento de que “el capitalismo ha empezado a encontrar límites infranqueables para su desarrollo” y por lo tanto “haya millones de personas que salgan a defender tal o cual aspecto de sus condiciones de vida amenazadas por esta realidad”. Esa es, para este reconocido intelectual, la actualidad de Karl Marx.

 

¿Qué hay de nuevo para decir de Marx después de 150 años de la primera edición de El Capital?

Lo primero, que no sé si es nuevo pero no se dice casi nunca de Marx, es que no fue ni es un teórico, un hombre que escribió libros importantes, un economista. Muy por el contrario, Marx fue un comunista, un revolucionario del siglo XIX. Y porque fue un revolucionario que asumió como propia la lucha de los trabajadores de Europa de esa época pero también las luchas emancipatorias de los pueblos del mundo, se puso como tarea hacer un análisis crítico y muy profundo del capitalismo y escribió una obra teórica tan importante como el Capital. Por eso digo, Marx no es un revolucionario o una persona muy importante porque haya escrito un libro tan significativo como El Capital. Al revés. Escribió un libro, una denuncia del capitalismo porque era un revolucionario. Y era un revolucionario porque consideraba que los trabajadores eran la fuerza social que podía ayudar no solamente a resolver los problemas corporativos de la clase trabajadora sino porque era la fuerza social capaz de conseguir lo que él llamaba la emancipación humana. Es decir, que los hombres y las mujeres vuelvan a ser sujetos capaces de dirigir sus propios destinos. Cosa que en el curso de la historia de la humanidad se ha perdido por completo y en el capitalismo los hombres y las mujeres han pasado a ser piezas casi como autómotas de un sistema que nadie sabe a dónde va. De producción por la producción, de búsqueda desenfrenada de ganancias, de agresión a gran parte de la población mundial y a la naturaleza, que hoy la vivimos como crisis ambiental. Pocos saben que Marx, al mismo tiempo que fundó la asociación internacional de trabajadores, que fue la primera gran asociación obrera a mediados del siglo XIX que se propuso fue ayudar a las luchas obreras, fue solidario con la lucha por la abolición de la esclavitud en Norteamérica. Y sin ningún doctrinarismo le escribió una carta a Lincoln, que por supuesto no era socialista ni comunista. Ese Marx se lo conoce poco. Por eso elegí como título del libro “Marx, nuestro compañero”, porque para mí fue una personalidad muy capaz que asumió como propia la lucha de los explotados y los oprimidos.

Volvió a surgir Marx ahora en medio de la crisis capitalista. Su libro fue uno de los libros más vendidos a nivel mundial. ¿Por qué vuelve a surgir cuando ya se lo dio por muerto muchas veces?

Muchas veces. Incluso una de las revistas más tradicionales del pensamiento económico de derecha, The Economist, que fue la primera que dio por muerto a Marx y transformó en discurso universal la famosa fase de Margaret Tatcher ‘al capitalismo no hay alternativa’, fue la que sacó en tapa ‘el libro del año: El Capital’. ¿Por qué? Ellos se sorprendieron en el año 2007, 2008, que contra todas las predicciones de todos los científicos y gurúes de la economía estándar, nadie había previsto el inicio de la crisis. La actualidad de Marx es la de la crisis del capitalismo. Una actualidad reforzada. Porque la crisis que sigue en curso, que no han logrado cerrar, es una crisis de magnitud y profundidad sin precedentes. Hubo tres grandes crisis en la historia del capitalismo mundial. Una a fines de 1800. Otra en 1930. Y ahora ésta.  El mundo después de las grandes crisis salió distinto. Por ejemplo, luego de la primera  crisis el mundo adoptó  la forma de competencia entre distintas potencias imperialistas. Después del inicio de la crisis de 1930, que coincide con la segunda guerra mundial, se asistió al mundo de la guerra fría, del predominio del neocolonialismo de Estados Unidos, los supuestos Estados de bienestar que atenuaban las injusticias sociales en una parte del mundo y las agravaba en otra parte. Nadie sabe cómo va a salir el mundo luego de la crisis actual. Eso hace a la actualidad de Marx. Un economista que no es para nada marxista, Thomas Piketty, escribió un libro que se llama “El Capital del siglo XXI” y fue bets seller. En realidad, después confiesa que ni siquiera leyó El Capital como la mayoría de los economistas. Porque no es un libro puramente de economía. Es también de filosofía, de historia, de sociología. Actualidad de Marx no quiere decir confirmación de todo lo que dijo sino del diagnóstico que hizo. El diagnóstico fundamental que hizo fue que el capitalismo era un sistema que había posibilitado un desarrollo jamás visto de las fuerzas productivas de la sociedad impulsado por la búsqueda de maximizar las ganancias o la ‘valorización del valor’ pero que era incapaz de orientarlo hacia fines que tuvieran que ver con la emancipación humana. Ese mecanismo hace que el desarrollo del capitalismo solo pueda organizar una sociedad profundamente desgarrada por antagonismos y contradicciones cada vez mayores, y que sea una totalidad totalizante que funciona como una unidad cerrada en sí misma y que se relaciona con todas las esferas de la actividad social humana metiéndola y sometiéndola dentro de su lógica. Es totalizante porque se extiende hasta cubrir todo el mundo. Marx decía que esa característica del capitalismo hace que sea un sistema imposible de ser reformado o mejorado por parte. Solo puede ser reemplazado por algo que sea totalmente distinto, que habrá que construir naturalmente.

 ¿Hay dimensión en el mundo de esos problemas que está generando el capitalismo?

Son problemas de una magnitud que por su gravedad el sentido común tiende a rechazarlo. La reacción casi natural de cada uno de nosotros es decir ‘no puede ser que se acabe el agua’. Y sin embargo, en el Estado Federal de México, la ciudad más grande de América Latina, está al borde de que el año que viene se quede sin agua. Ahí viven 30 millones de personas y que fue construida sobre un lago. Hoy no hay agua y no hay forma de conseguir. Habrá una migración masiva de mexicanos. ¿Adónde van a ir? Cuesta asumir la magnitud de esos problemas pero existe. En La Paz hay un problema parecido.

Son 150 años de El Capital y 100 años de la Revolución Rusa que fue tal vez el primer proyecto emancipatorio en un país aunque fue derrotada, reabsorbido , transformado nuevamente en un estado capitalista e imperialista. ¿Qué significa eso para los movimientos populares, para los trabajadores?

La revolución Rusa fue el segundo intento. El primero fue la comuna de París, que duró algunos meses y fue derrotada. Marx, es uno de sus grandes méritos, supo encontrar en esa experiencia tan breve, tan intensa y creativa, la confirmación de que el pueblo autoorganizándose es capaz de dar pasos serios y muchos más efectivos que los  que supo dar el capitalismo para la conformación de una sociedad distinta. Fue derrotado pero demostró que es posible. Esa fue la conclusión que sacó Marx. Y una de las lecciones es que la nueva forma social tendrá que estar asociada a la destrucción del viejo poder social y a la construcción de algo distinto. La Revolución Rusa recoge ese legado. Lenin poquitos meses antes había escrito el libro ‘El Estado y la Revolución’ que arranca de las lecciones de la Comuna de París. Y formula una serie de previsiones del posible desarrollo de la Revolución en Rusa que él estaba convencido de que solamente tenía futuro y perspectiva de desarrollo porque el comienzo de un proceso de revolución en toda Europa, que estaba conmocionada por una guerra interminable e insoportable. Rusia, contra todas las predicciones de la época, es el eslabón débil que rompe esa cadena imperialista y los bolcheviques hacen la Revolución en primer lugar para terminar con la guerra. Y tuvieron el mérito de tirar abajo la autocracia zarista, de impedir los esfuerzos de restauración. Y sacan la conclusión que para eso no ocurra, ‘todo el poder a los Soviets’.  Y lo lograron. Con el poder de los Soviets, terminaran con la guerra e hicieran un llamado.  Y en toda Europa hubo una oleada revolucionaria, principalmente en Alemania. La gran esperanza era que la revolución pueda triunfar allí. De hecho, hubo dos o tres intentos revolucionarios. En el primero, asesinan a dos grandes dirigentes. Una era Rosa de Luxemburgo. Se pierde la revolución alemana. Eso hizo que la anticipación de Lenin, que decía ‘nosotros hacemos una revolución que por su propia lógica lo que quiere es la construcción de un Estado que no sea un verdadero Estado, que tome el ejemplo de la comuna de París, que logre simplificar el manejo de la cosa pública’, esa confianza en la autoorganización del pueblo, sea teñida por esa situación. La derrota de la revolución alemana cambia por completo la dinámica del proceso. La revolución rusa queda aislada y viene una guerra civil brutal que dura varios años en la que intervienen los ejércitos de 14 países para ahogarla. En el intento de sobrevivir, el gobierno bolchevique comete muchos errores. Recién cerca de su muerte Lenin los advierte, se da cuenta de un proceso de burocratización terrible en el aparato estatal. En su último artículo que se llama ‘más y mejor’ dice ‘los comunistas tenemos tres tareas por delante: aprender a dirigir un país que no sabemos dirigir. La segunda tarea es aprender y la tercera seguir aprendiendo’. Y confiesa en uno de sus artículos que sus ideas sobre lo que es el socialismo cambiaron mucho y que hay que pensar en términos distintos. E insiste en la idea de autoorganización del pueblo. Lamentablemente ese intento de reacción llega tarde y el proceso de burocratización es irrefrenable. La Revolución Rusa hay que recordarla por lo que anunció como intención y no lo que pudo hacer. Lo más importante es eso que Rosa Luxemburgo, que era muy crítica, supo reconocer: ‘el bolchevismo es el socialismo revolucionario en práctica hoy’. ¿Por qué? Porque llama a hacer la revolución mundial y llama a que todos nos organicemos para que podamos derrocar a este capitalismo que solo puede brindar guerra, crisis, etc. Por eso, la actualidad de Marx es la confianza de que la liberación de los trabajadores será obra de los trabajadores. Y que el hilo rojo de cualquier proyecto emancipatorio es ir permitiendo la apropiación de sus condiciones de vida. Eso implica concebir el proceso revolucionario como una construcción, no algo que se va a dar, que exige creatividad y que debe comenzar antes. El proceso de revolución no es otra cosa que el proceso de construcción y desarrollo del poder popular. Tomando una frase que me parece odiosa porque la usa la burguesía para disimular lo contrario, el empoderamiento de la gente, que es posibilitar procesos reales de empoderamiento que vayan contra el sistema.

Esa esperanza, esa confianza que había en aquél momento de un proceso revolucionario, de poder construir otro tipo de sociedades, hoy no parece tan presente. El triunfo de Trump, de la derecha en Francia, lo que viene pasando en Alemania, Argentina, Brasil… ¿cómo se recupera esa confianza de que una sociedad emancipada es posible de construir?

Es un desafío. La historia es un proceso abierto, la hace la gente acertando y equivocándose. Nadie puede asegurar que la revolución va a triunfar y va a hacer las cosas bien. Lo que sí podemos asegurar es que el capitalismo ha empezado a encontrar límites infranqueables para su desarrollo y que eso se ha transformado ya en una crisis de características distintas y mucho más destructiva y peligrosa  que cualquier crisis anterior. Es una crisis que abarca la totalidad de la economía mundial que comenzó hace diez años y no la logran frenar. Los remedios con que intentan resolver muchas veces agravan algunas partes de los problemas. La crisis arranca como una gran crisis financiera y la única manera que tienen de parar el desarrollo explosivo de los primeros dos o tres años de la crisis es salvar a todo el capital financiero con inyecciones fabulosas de miles de dólares. A eso se agregó un desarrollo más grave de nunca que algunos llaman las ‘drogas’ que permiten  mantener el funcionamiento del sistema que es brindar recursos masivos a la industria armamentística y bélica. El capitalismo no funcionaria en el mundo, sobre todo en Estados Unidos, si no destinara parte de las ganancias inmensas producidas en todo el mundo a subvencionar, que se mantenga en marcha el sistema reproductivo, produciendo cosas que no sirven para reproducir nada y que en muchas casos no se usan nunca, por suerte. Hay una renovación armamentista enorme, que es un gasto socialmente improductivo.

La crisis ambiental es otro aspecto muy grave que produce el capitalismo. El calentamiento global avanza de manera más rápida de la que se creía. En uno o dos años se calcula que habrá gente desplazada por el crecimiento de las aguas de los océanos. Esas masas inmensas, que ya vimos con los desplazamientos masivos en medio oriente, generarán una profunda crisis humanitaria. La crisis inmigratoria es apenas la punta del iceberg de un fenómeno de migración masiva que es imparable por los mecanismos institucionales actuales. Y plantea que hay que buscar formas de absorber y recrear condiciones de vida para esas masas de millones y que serán muchas más por el desarrollo de la crisis ambiental.

Todo esto obliga que, aún sin saber cómo cambiar las cosas, haya millones de personas que salgan a defender tal o cual aspecto de sus condiciones de vida amenazadas por esta realidad. Y en esa irrupción, aparecen nuevos actores sociales y nuevas formas de organizarse y hacer política. En América Latina, que fue el único lugar del mundo que pudo durante 15 o 20 años resistir la ofensiva del neoliberalismo e incluso obligarlo a retroceder en algunos lugares de manera significativas, aparecieron nuevos actores sociales como los pueblos originarios, que habían sido durante 500 años casi invisibilizados, el campesinado que protagonizó en Brasil una experiencia de las más importantes a nivel mundial, el poblerío de las grandes ciudades latinoamericanos como los piqueteros en Argentina, y el movimiento de mujeres que se transforma con el paro nacional y las grandes movilizaciones en una fuerza social en marcha que tiene una potencialidad descomunal. Son actores revolucionarias que están cambiando la realidad.

Con la realidad argentina, con Macri en el gobierno, fortaleciéndose la denominada grieta. ¿Cuáles son las perspectivas para los sectores populares?

Todavía estamos bajo el impacto de una derrota muy seria que sufrió el movimiento popular. La más visible, la más seria es la victoria relativamente imprevista de Macri. Por primera vez, una derecha pura y dura llega al gobierno. Aunque sea con mentiras y promesas falsas, que hoy es evidente que fue una estafa electoral. Y gana con el voto de sectores populares. El movimiento obrero y popular en general sufre esa derrota. Entonces aparece la respuesta más fácil. Juntémonos todos para ganar las elecciones ahora. Y para ganar, dicen, hay que juntarse con el PJ. Con Cristina o sin Cristina es con el PJ. Puede ser que si eso pasa se ganen las elecciones. Pero ¿eso resuelve algún problema? Creo que no. La verdadera grave que tiene el movimiento popular en Argentina es que antes de la derrota de Macri, sufrimos otra menos visible. Que es que el kirchnerismo, con un discurso que asumía algunas de las banderas de la rebelión popular de 2001/2002 sobre todo en el aspecto de de los Derechos Humanos, hace lo que Gramsci denominó revolución pasiva: para salvar el viejo sistema, tomemos algunos reclamos y metámoslo dentro del sistema. El kirchnerismo destruyó los avances más importantes los avances más importantes que había dado el movimiento popular que era el desarrollo de los movimientos piqueteros con mucha autonomía, el desarrollo breve pero intenso de las asambleas populares y esa idea que después se bastardeó del ‘que se vayan todos’. Esa consigna tenía un aspecto ilusorio, utópico en el mal sentido pero acertaba en lo fundamental. El sistema argentino es un sistema de mierda. La gente ‘no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes’ y sus representantes no te representan. Por eso se tienen que ir todos. Y en ese camino, hubo embriones de poder popular. El kirchnerismo destruyó eso y reconstituyó la gobernabilidad del país en base al sistema de partidos. Los sectores de izquierda  que creíamos necesario construir una izquierda con nueva fisonomía, capaz de dialogar en serio con sectores tradicionales que vienen de tradiciones peronistas y que no veníamos de la izquierda tradicional, no pudimos. Fuimos derrotados dos veces. En lo inmediato, los pasos que demos van a ser  muy modestos. Hay que recomponer lazos de solidaridad y colaboración entre infinidad de sectores populares. Es todo un desafío: ganarle a Macri por izquierda y que su derrota sirva para construir otra cosa.

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