La militancia que excede la vida

3 julio, 2017

Commentario

Derechos Humanos Tucumán
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En su casa nunca se habló de política. Estudió letras en pleno onganiato y se inició en el periodismo casi por casualidad. En el sindicato de prensa encontró su vocación de lucha y fue despedida de un diario por reclamar el pago de sueldos. Conoció el comunismo en un curso de periodismo en Canadá. Al regresar a Tucumán, una prima le habló del peronismo y se inició en la militancia. Viviendo en Buenos Aires se enteró del secuestro de toda su familia y su vida cambió para siempre. El 9 de junio identificaron los restos de su padre, el último familiar que quedaba por encontrar. Marta Rondoletto nos recibe en su casa y revive una historia de lucha, amor, periodismo y militancia.

“Saber dónde están tus familiares no te aplaca el dolor. A mí ya me identificaron a todos mis familiares, pero la herida no se va a cerrar nunca”. El 9 de junio pasado los restos de Pedro Rondoletto fueron identificados en el Pozo de Vargas.  El año pasado, el 19 de Julio, ocurrió lo propio con María Cenador, Jorge y Silvia Rondoletto y en septiembre identificaron a su cuñada, Azucena Bermejo. Todos los familiares de Marta fueron encontrados en la fosa común. Sin embargo, Marta Rondoletto todavía busca conocer que sucedió con el hijo que esperaba su cuñada. En el momento del secuestro, Azucena estaba embarazada de cuatro meses  y, de acuerdo a testimonios de detenidos que la vieron en el Arsenal Miguel de Azcuénaga, estuvo con vida hasta febrero de 1977.

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Finales de 1975. Famaillá. Militares se abren paso entre los cañaverales. Llevan detenido a un grupo de jóvenes. Marta Rondoletto trabaja en Canal 10 y cubre el Operativo Independencia. En busca de la noticia, se acerca y les pregunta sus nombres. Al bajar al pueblo, corre hasta un teléfono público, llama al canal y difunde los nombres de los jóvenes detenidos. Es su última cobertura del Operativo Independencia. Marta tiene los días contados en la empresa.

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El sol realza la tarde. Marta Rondoletto nos recibe con una sonrisa en su casa de Barrio Sur, la misma casa donde vivió toda su familia desaparecida. Viste zapatillas deportivas, pantalón oscuro y polera gris. La casa es grande y fría. Se planta en la cocina y busca un lugar adecuado para la entrevista. Se decide finalmente por el patio, su lugar favorito de la casa, dice. Prepara café y se recuesta sobre una reposera. Así, distendida, comienza a relatar una historia desordenada. Cada tanto se detiene y retrocede para agregar algo que olvidó.

La casa tiene dos plantas. Abajo vivían sus padres, Pedro Rondoletto y María Cenador, y su hermana Silvia. Su hermano Jorge se casó en enero de 1976 con Azucena Bermejo y terminó de construir un departamento que había iniciado su padre en la planta alta. En aquellos años estudiaba Ingeniería Civil en la Universidad Tecnológica y trabajaba en la Dirección Provincial de la Vivienda.  Pedro Rondoletto era imprentero. Remodeló un rincón de la casa con salida independiente hacia la calle y allí instaló una imprenta rudimentaria. Durante su juventud, Pedro jugó al fútbol en Central Norte  y en San Martín. María, su esposa, trabajaba junto a él en la imprenta familiar haciendo encuadernación de libros.  Silvia, hermana de Marta, trabajaba como maestra de actividades prácticas en dos escuelas, una en El Cadillal y otra en El Timbó, y estudiaba Ciencias de la Educación en la Facultad de Filosofía y Letras.

Los hermanos Rondoletto, además de trabajar y estudiar, militaban. Jorge comenzó su militancia política desde muy chico en el trotskismo posadista (J. Posadas, seudónimo de Homero Rómulo Cristali Frasnelli; militante trotskista, dirigente del Partido Socialista Obrero, jugador de futbol y obrero del calzado en córdoba durante la década del 30. Fundó el Grupo Cuarta Internacional (GCI) con el historiador Alberto J. Plá y el periodista Adolfo Gilly), pero luego se sumó a las filas de la JUP (Juventud Universitaria Peronista), donde compartía espacio con Silvia. Marta, por su parte, pertenecía a la JTP (Juventud Trabajadora Peronista). La militancia de los hermanos Rondoletto en el peronismo se inició y desarrolló por fuera del hogar familiar. Los padres de Marta nunca hablaron de política. Pedro tenía como único referente a Celestino Gelsi, ex gobernador de la provincia durante la proscripción del peronismo, y María se inclinaba por la Democracia Cristiana.

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El 28 de julio de 1966, durante la madrugada, las tropas del ejército rodearon la Casa Rosada, ingresaron al despacho del presidente Arturo Illia y le anunciaron su destitución. El nuevo presidente, Juan Carlos Onganía, adhiere a la Doctrina de Seguridad Nacional, que plantea la idea de una ‘guerra ideológica’ fronteras adentro. La autodenominada Revolución Argentina fue el primer gobierno abiertamente anticomunista. Durante los primeros días del nuevo gobierno, Onganía prohíbe todas las actividades políticas, estudiantiles y sindicales. Además del Peronismo, que para ese año llevaba diez años proscripto, el resto de los partidos políticos tenía prohibido realizar cualquier acto público.

Ese mismo año Marta comenzó (o al menos eso recuerda) sus estudios del Profesorado en Letras en la Facultad de Filosofía y Letras. “Ese año la universidad era un quilombo”, recuerda. En 1967 sufrió una profunda crisis en la universidad y pensó en abandonar los estudios. Viajó a Canadá y tomó un curso de periodismo. Uno de sus profesores era veterano de Vietnam. Allí, en Canadá, Marta conoció la doctrina comunista. Recién ahí pudo atar cabos y comprender políticamente el golpe de Estado de Onganía. Al regresar a Tucumán, ya no era la misma jovencita que en el secundario escuchaba pasivamente a su profesora monja que le hablaba pestes del comunismo. Una prima suya que cursaba el último año del secundario le habló de Perón y fue ahí cuando se acercó a la militancia.

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Mientras cursaba el Profesorado en Letras, Marta estudiaba periodismo en el Círculo de la Prensa. Un día, Ignacio García Hamilton, propietario del diario El Pueblo, leyó un texto que había escrito como parte de una actividad de la escuela y decidió contratarla. Era el año 1971 y Marta comenzaba allí su carrera como periodista, la primera periodista mujer de El Pueblo. En ese diario conoció a su todavía esposo, Isauro Martínez. Un año después participó de una huelga en reclamo del pago de salarios y fue despedida. Para 1972 Marta ya estaba involucrada plenamente en la actividad gremial.

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En 1973, antes de las elecciones, un camarógrafo amigo de Marta la presentó ante la directora de Canal 10, Lucila Padrós, quien la contrató para cubrir las elecciones de ese año, convocadas por el gobierno de facto de Agustín Lanusse. Con el triunfo de Héctor Cámpora, el candidato de Perón, se renovaron las autoridades del canal y la nueva directora, Stella Maris ‘Pili’ Garbarino decidió contratar a Marta y a varios ex compañeros del diario El Pueblo, entre ellos su esposo, como periodistas de la empresa. Desde finales de 1975, cuando se puso en marcha el Operativo Independencia, Marta y sus compañeros fueron desplazados paulatinamente de sus tareas. Finalmente, el 10 de mayo de 1976, los trabajadores que ingresaron en la Gestión de Garbarino fueron despedidos del canal. Marta era miembro de la comisión directiva del gremio y tenía una licencia por embarazo. El 29 de mayo a las dos de la madrugada un grupo de tareas irrumpió en la casa de Horco Molle, Yerba Buena, donde Marta vivía con su esposo. En ese momento no estaban en la casa. Su suegra les había pedido esa noche que fueran a visitarla y que se quedaran a dormir allí. Se salvaron de milagro.

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La situación en Tucumán era insostenible. Marta y su esposo decidieron abandonar la provincia. El 29 de septiembre de 1976 se subieron al Citroën 3CV y marcharon hacia Buenos Aires. En el auto también viajaban María Cenador y la madre de Isauro. Ya en Buenos Aires acudieron a la ayuda de una tía de Marta, quien les consiguió un departamento y vivieron casi a escondidas hasta diciembre de 1977.

El 2 de noviembre de 1976 un grupo de militares ingresaron en la casa donde vive actualmente Marta y secuestraron a toda la familia. En aquel momento su cuñada cursaba un embarazo de cuatro meses. Quince días después Marta amamantaba a su pequeña hija en el departamento de Buenos Aires cuando Isauro le dio la noticia. Lo primero que atinó a hacer, tras recibir la negativa de su esposo de volver a Tucumán, fue comunicarse por teléfono con familiares de su padre. Nunca le respondieron. Cuando logró dar con una prima, esta le respondió: “no llamés nunca más para esta casa”. Tiempo después se enteró que cuando los militares ingresaron a la casa de sus padres en realidad la buscaban a ella. “Yo siento una profunda admiración por mi vieja. Ella era la única que sabía dónde estaba viviendo yo, los milicos entraron a la casa preguntando por mí y mi mamá, teniendo su marido, dos hijos y una nuera embarazada no dijo nada”, dice entre lágrimas. En diciembre de 1977 la situación en Buenos Aires se tornaba insostenible y abrumados por la angustia decidieron regresar a Tucumán.

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“Yo creo que el peor error que tuvimos fue el no habernos dados cuenta de la magnitud de la represión que comenzaba. Estábamos preparados para caer en cana y ser golpeados, pero nada más que eso”, reflexiona en su reposera, ahora sentada, mientras su gato se le escurre entre los brazos. Una vez más, hace una pausa; parece recordar algo. Corta tajante y vuelve: “En el 72 hubo una redada, en el segundo tucumanazo, que algunos le llaman Quintazo. Ahí detuvieron a mi hermano, que estudiaba en el Instituto Técnico. Estuvo cinco días preso. Después a mi marido lo detuvieron en la confitería El buen gusto, en la 9 de Julio casi 24”. Varios compañeros de Marta de la Escuela de Periodismo fueron detenidos y puestos a disposición del PEN (Poder Ejecutivo Nacional). Alicia Burdisso, una de las periodistas secuestradas, continúa hoy desaparecida. A esa confitería, cuenta Marta, iban todos los periodistas, estudiantes y políticos. “También había policías infiltrados que iban a escuchar, y nosotros sabíamos quiénes eran, pero en ese momento era casi normal caer en cana”, recuerda.

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Marta recuerda la década de 1960 como una etapa de profunda agitación política, enmarcada en un contexto global donde comenzaba a surgir la idea de una revolución posible. “En el año 69 el país ardía por todos los costados. El mundo estaba polarizado más que nunca: había guerra fría, aquí estaba fresca la experiencia de la revolución cubana y además se dio un fenómeno que era lo que se llamó ‘el tercer mundo’, que para mí fue un descubrimiento. El tercer mundo eran los países no alineados, los países africanos, latinoamericanos, que no estaban alineados ni a la URSS ni a EEUU. También surgió el pueblo palestino como no alineado, del tercer mundo. Mientras los dos gigantes estaban en guerra fría, aquí abajo, con la experiencia cubana de por medio, surgía una nueva forma de ver el mundo. Todo eso tenía que ver con lo que se sentía en esa época”.

Marta llora de nuevo y habla entrecortado, se tropieza con sus propias palabras. “Todavía hay mucho por conocer. Nuestra lucha no comenzó con los juicios de Alfonsín, nuestra lucha comenzó desde el momento en que secuestraron a nuestros familiares. Esta lucha es para siempre”.

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