La resistencia

15 junio, 2018

Commentario

Tucumán
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Desde su título, “El Motoarrebatador”, la segunda película de Agustín Toscano, plantea una controversia en su definición. Por Gustavo Caro (*).

“No hay camino más cierto que el que nunca imaginaste.
(…) Salgamos ya de estas ruinas, no volvamos por los filos.”
El hondo verdadero, Gabo Ferro.

“¿Porqué no motochorro?” es la pregunta recurrente que sonó entre algunas entrevistas al director y la apreciación general de quienes, domesticados por la estigmatización mediática, extrañan, perplejos, la palabra “chorro” o más bien “choro”, si respetamos la tucumanidad. Aprovechándose de esta realidad, El motoarrebatador acomoda el terreno sin demoras y abre en tono amenazante. Ambientada musicalmente por una tensión latente de base rítmica, con la que Prietto anticipa el acento urbano de la banda sonora, la secuencia de títulos se banca con un largo primer plano de dos cascos negros acechantes. Sin rostros ni más contexto ofrecidos, los bordes de la pantalla se diluyen y la amenaza se vuelve en un sentido especular hacia quien está sentado frente a ella. Al actuar como interpelación, el fuera de campo marca el inicio de un recorrido que resultará revelador para el espectador. Arrebatador o motochorro, la de Miguel (Sergio Prina) es una historia que trasciende al tendencioso vocabulario periodístico y a la inerte jerga policial. En ella no hay hiperrealismo ni fantasía oblicua, hay una verdad.

En diciembre de 2013, la policía tucumana se acuarteló en reclamo de una mejora salarial. En los tres días que duró la medida, la ciudad de Tucumán sufrió saqueos a comercios y sus habitantes vivieron en vigilia permanente alertados por la falsa idea de que vándalos motorizados saquearían en los barrios. Si bien El Motoarrebatador inspira su contexto en estos hechos, sus personajes transitan el relato con una existencia -y pertenencia- de orden más cotidiano. Las marcas sociales juegan de inmediato su papel; desocupado, de origen rural, padre de un niño en edad escolar, en mala relación con su ex mujer -que sí tiene empleo-, en fría relación con su padre y hermano -que aún trabajan el campo-, Miguel encarna cabalmente ese sujeto que perfila el axioma “ningún pibe nace chorro”.

Menos convencido que su secuaz, el Colorado (Daniel Elías), sobre la tarea de arrebatar carteras, Miguel tiene en su origen familiar las razones de conciencia que lo llevarán a reparar el daño causado a Elena (Liliana Juárez), la víctima ocasional de un día más de “laburo”. La pérdida de memoria que Elena sufre a causa del asalto favorecerá este deseo y aquí es donde Toscano abandona todo arrebato de realismo. Basada en el engaño, la relación que Miguel y Elena desarrollan fluye a fuerza de pura ficción. En el personaje que debe actuar, Miguel improvisa diálogos que Elena replica sin ambages en su propia reinvención. En un guion bien dotado de escucha local, el humor sustrae de los personajes características que dan luz a un relato de trasfondo oscuro. En este desafío de reinvenciones, el Negro Prina y Lili Juárez encaran el reto como quienes juegan a empujarse a un vacío imaginario. Entrenados en la experiencia del prolífico teatro independiente tucumano –de donde también provienen los debutantes Rodolfo Juárez y Camila Plaate-, el juego resulta en personajes que dotan de transparencia a las ideas de un argumento que transita del realismo sucio -el entorno delictivo de Miguel- a la impostación dramática -la relación de Miguel y Elena-.

Más fassbinderiana que Los dueños –la ópera prima que Agustín Toscano codirigió con Ezequiel Radusky-, la relación afectiva que surge entre los protagonistas de El motoarrebatador comparte rasgos con Emmy y Alí, la pareja protagónica de El angustia corroe el alma. No solo por los cruces de edades, clases sociales y estilos de vida -en este caso, no tan distintos pero si distantes-, sino porque el director también fantasea con el melodrama al sugerir desde Elena un (im)posible acercamiento íntimo al pedirle a Miguel que se acueste junto a ella en su cama. Escena que destila una rara dosis de humor por su naturaleza ambigua y en la que el encuadre empieza a desplegar un nuevo punto de vista al modificar la línea del horizonte. Se inaugura en el relato un nuevo estado en la relación, la entrega total de Elena empieza a sembrar dudas en Miguel. Todo lo improbable de una vida digna y en paz, donde su hijo León juegue como cualquier niño con el juguete de moda sin importar su precio, para Miguel se vuelve realidad en casa de Elena. Hogar sencillo y bien cuidado, su ambientación se contrapone al paisaje de belleza desolada del conurbano tucumano que Miguel transita con su moto, a la del monobloc donde vive su ex mujer y a la de su casa rural paterna. Mientras los exteriores son tratados en tono difuso y empañados de neblina, sobre la casa de Elena se derrama una luz que remite a las diáfanas siestas tucumanas que la prosa de Juan José Hernández describe con aire melancólico. En la calidez de esa casa, Miguel y Elena expurgarán sus pasados en desnudez. Confiarán. Congeniarán. Armonizarán. Se repararán. Y Miguel se ilusionará con un futuro diferente. Pero.

En junio del año 2000, un joven ladrón toma de rehenes a los pasajeros del ómnibus 174 en Río de Janeiro. El hecho terminó con una rehén y el joven muertos. Años después, en su documental Ómnibus 174, José Padilha saca del anonimato a Sandro, el joven delincuente, y en su historia revela la crisis del sistema brasileño frente al tema de la inseguridad. En su película, Toscano practica una dramaturgia similar: focaliza el drama en una historia particular para desmontar los límites del sistema. Mediante un acertado ahorro de recursos narrativos, lo institucional está presente en los archivos televisivos de la huelga policial (una escena con brillo propio es la del policía que habla con la prensa con un casco puesto). La inseguridad de Miguel frente a ese mundo exterior es un acto reflejo de nuestra propia inseguridad frente al mismo mundo.

Quienes vivimos en Tucumán sabemos de lo hostil que esta ciudad puede ser. Tal vez por eso negamos su nombre completo, San Miguel de Tucumán. Nombrar un santo en medio de este infierno, dirían las abuelas, es un sacrilegio. Ciudad donde los policías matan niños por la espalda. Donde los viejos cines se derrumban sepultando gente. Donde una moto vale un tiro en la cabeza (incluso en la de policías). Donde manejando a contramano en autopista, un borracho se lleva tres vidas militantes. Donde los ingenios azucareros nos regalan lluvia de hollín cada verano. Donde las citrícolas no privan de los hedores de sus desechos a ningún barrio. Tucumán y su caos. ¿Es El motoarrebatador una película tucumana? Sin dudas. Por la mirada de Boby Toscano para la locación y el encuadre. Por su oído para la escritura. Por el color y tono que le imprime su elenco de actores y actrices locales. Porque entre la coproducción internacional asoma la cabeza de Sazy Salim. Porque aunque sea un poquito, la desmemoria de Elena nos pasa todos los días. Y porque resiste en su humanismo.

Entonces a Miguel le pasa Tucumán. Bienvenidos al cine de aquí.

(*) Gustavo Caro es docente de la Escuela de Cine, Video y Televisión de la Universidad Nacional de Tucumán.

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