MIGUEL MURIÓ DE NUEVO

18 enero, 2017

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Derechos Humanos Gatillo fácil Represión Estatal

Un nuevo caso de gatillo fácil. Otra vez, una bala asesina se lleva la vida de un chico pobre. Otra vez, un joven adicto abandonado por el estado y excluido del sistema de salud que no supo (o no quiso) contenerlo. Otra vez, una familia pobre exige justicia. Otra vez, la policía.

“¡Pegale, pegale!”, le ordena Gerardo Figueroa a su compañero, el oficial Navarro. Ambos se desempeñan como oficiales de la policía provincial y prestan servicio en la comisaría 4ta. Son las cuatro de la tarde del 24 de Diciembre. Miguel Reyes Pérez está tendido en el piso con un perdigón de itaka alojado en la cabeza y su vida se escapa lentamente. Han pasado apenas unos minutos y los policías, que ya son mucho más que dos, golpean a los vecinos y familiares que intentan socorrer a Miguel. Teresa, una de sus tres hermanas, intenta llamar una ambulancia, pero uno de los policías le quita el teléfono y lo revienta contra el piso. La ambulancia no llega, Miguel se muere. Los policías arrastran el cuerpo moribundo hasta el interior de la camioneta y lo dejan caer sobre las piernas de Verónica, otra de sus hermanas. Desde allí, Verónica viaja hacia el Hospital Padilla con su hermano ensangrentado y un policía apuntándole la cabeza con una itaka. Comienza una agonía que durará veintitrés largos días.

Ana Elizabeth Reales es madre de siete hijos. Desde chico, Miguel, uno de los cuatro varones, ayudaba a sus padres feriantes en el trabajo de la venta ambulante. Hace ocho años había conocido el paco y su vida cambió completamente. Miguel tenía 26 recién cumplidos. Cumplió años el 6 de enero, mientras estaba en coma en una clínica privada. Además, tenía un grupo de amigos en la esquina del asentamiento donde vivía y dos hijos a los que no veía por su problema de adicción, una nena de 4 años y un bebé de un mes.

La tarde del 24 de Diciembre, en vísperas de nochebuena, Miguel estaba reunido con sus amigos en la esquina de su casa, en el barrio San Cayetano. De acuerdo a la versión de sus familiares, policías que se trasladaban en una camioneta lo interceptaron y le preguntaron si él tenía algo que ver con un asalto que se había producido hacía unos minutos en el barrio. Se bajaron de la camioneta, requisaron a Miguel y solo le encontraron una pipa para fumar pasta base. Minutos más tarde, Miguel volvía a su casa para buscar hielo. En ese momento, dos policías motorizados, que desde hace tiempo lo hostigaban, ingresaron por un pasillo y le gritaron: ¡Miguel! Cuando el joven da la vuelta recibe un disparo en su cabeza y cae al suelo. Ya en el piso, uno de los policías le rompe la cabeza con la culata de su itaka.

Cuando la camioneta policial que trasladaba a Miguel y su hermana Verónica llegó al Hospital Padilla, el joven ingresó de inmediato a una sala de operación mientras los policías daban su propia versión de los hechos. Al día siguiente Miguel fue trasladado a la sala de terapia intensiva del Sanatorio Luz Médica. Allí permaneció hasta el mediodía del lunes 16, cuando finalmente falleció. La versión policial, en cambio, asegura que los policías dieron la voz de alto y le apuntaron a los pies. En ese momento, una mujer se abalanzó sobre uno de ellos y en el forcejeo se escapó el disparo fatal.

Ana Reales recibió una visita inesperada el 26 de Diciembre, dos días después del ataque contra su hijo. Cerca de las 23 alguien tocó su puerta. Eran policías a cara cubierta. “Vieja hija de puta, levantá la denuncia porque sos boleta vos y tu familia”, le dijeron.

Durante dos semanas, Miguel estuvo con custodia policial en el sanatorio, ya que se había iniciado en su contra una causa por el supuesto asalto que la policía le adjudicó el día que le dispararon. El 6 de enero, el día de su cumpleaños, su familia presentó la denuncia en la fiscalía X. A la noche les informan desde la fiscalía que le iban a retirar la custodia policial.

El lunes 16 al mediodía la fiscalía X le informó a la madre de Miguel que la denuncia se extravío, y que deben realizar una nueva. Cerca de las 13, cuando fue a visitar a su hijo al sanatorio, le informaron que Miguel había fallecido. Ahora será turno de la justicia, que deberá determinar qué es lo que ocurrió la tarde del 24 de diciembre.

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