MIGUEL, UN PIBE QUE MURIÓ DOS VECES

23 febrero, 2017

Commentario

Derechos Humanos Gatillo fácil Represión Estatal

Detrás de cada chico de barrio hay una historia. Esta es la de Miguel Reyes Pérez, un muchacho que murió dos veces: primero lo mató el paco, después la policía. Ana, su mamá, inauguró un mural con su imagen el día que cumplió 49 años, para sentirse un poquito viva.

Martes 21 de febrero. Ana Reales cumple 49 años, pero siente que no tiene motivos para celebrar. Acaba de inaugurar un mural con la imagen de Miguel, uno de sus cuatro hijos varones, en una de las paredes del barrio, detrás de la casilla de tablas donde vive con su esposo, seis hijos y varios nietos. En la mesa hay una familia incompleta. Hoy, en el día de su cumpleaños, Ana inmortalizó a su hijo en una de las paredes de San Cayetano. Para que cuando los policías entren al barrio vean el rostro de ese muchacho que mataron. Y para que su imagen la proteja en las noches de insomnio. Hoy, en el día de su cumpleaños, Ana nos mira con los ojos cansados y nos dice: “yo estoy muerta en vida”.

 ***************

Sábado 24 de diciembre. Una pipa. Sólo una pipa. Eso fue lo que encontraron en uno de los bolsillos del pantalón de Miguel. Son casi las cuatro de la tarde. Dos policías bajan de una camioneta y lo requisan. Buscan a un supuesto ladrón, pero solo encuentran la pipa con la que Miguel fumaba paco. “Portate bien”, le dicen en tono amenazante antes de subir nuevamente al móvil. “¡Reyes!”. Miguel, que se dirige a su casa a buscar hielo, se da vuelta cuando escucha su apellido. No tiene escapatoria. El paco lo condenó a muerte hace tres años y ahora su vida (o lo que queda de ella) está en manos de dos policías motorizados. “¡Pegale, Pegale!” le ordena el oficial Mauro Navarro a su compañero, Gerardo Figueroa. El perdigón de la itaka impacta en la cabeza de Miguel y ya en el piso lo rematan con un culatazo. La ambulancia no llega. No llegará nunca. Después de una operación para extraerle un coágulo, Reyes Pérez es trasladado a la clínica Luz Médica, donde fallece veintitrés días después.

****************

Martes 17 de enero. Uno nunca se acostumbra a la muerte. Es una de las pocas cosas a la que nadie se acostumbra. La idea de la muerte genera pánico y siempre deja la sensación de ser profundamente injusta. Está muy cerca y a la vez muy lejos. Nadie está preparado para morir. Son las 11 de la mañana. Celina, una compañera de la agencia, nos da la noticia: Miguel ha muerto. Una hora después llegamos a la casa de su familia, tratando de entender algo de esta locura. Es una humilde casilla de tablas y piso de tierra, cercada por una pared medianera improvisaba sobre un terreno de límites imprecisos. A un costado de la puerta de entrada hay un cúmulo de cajas de cartón de frutas y verduras. La familia Reyes Pérez se dedica a la venta fruthiortícola, su medio de subsistencia. En la pequeña habitación donde duermen Ana y su esposo se encuentra el ataúd donde descansa la humanidad de Miguel. Todo un barrio lo llora.

***************

Martes 21 de febrero. El barrio San Cayetano está ubicado en la zona sur de la capital tucumana, frente al cruce de avenidas Sáenz Peña y General Roca. Las líneas de colectivo 8 y 18 conectan el barrio con el centro de la ciudad. Se trata de una pequeña barriada humilde que contrasta con el paisaje urbano de las avenidas. En la casilla de Belisario López 900 una decena de vecinos visita el mural de Miguel. En la cocina desvencijada Verónica, una de las hijas de Ana, prepara una salsa para hacer pizzas. Dos canales de televisión de aire, uno de cable y nosotros somos los únicos medios de comunicación presentes en el improvisado acto. Junto a la imagen de Miguel plasmada en la pared, un fragmento de la canción “Madre Soltera” de La Mona Jiménez refleja sin metáforas el amor inconmensurable que sentía por Ana.

 

Oh mamá, mamá, mamá

Yo te amo más que a nadie

Porque me diste la vida

Me aceptaste ignorando el qué dirán

Oh mamá, oh mamá, oh mamá

Siempre te voy a amar

Oh mamá, oh mamá

Te defiendo con mi vida hasta el final

 

De repente, alguien comienza a entonar, tímidamente, el feliz cumpleaños. Después del primer verso, los vecinos del barrio se acoplan con risas y aplausos. Ana llora en el hombro de una vecina. Detrás de ella, el rostro de su hijo pintado en la pared parece mirarla con ternura. Los cronistas de la televisión cumplen su tarea y vuelven a sus lugares de trabajo. En la intimidad de la humilde vivienda hay un clima extraño. Los hijos de Ana preparan pollos y pizzas para celebrar su cumpleaños, pero Ana no se muestra muy entusiasmada.

A través de la ventada de una de las habitaciones de la casa se puede ver colgado un cuadro con una foto de Miguel. En la misma habitación donde Ana veló a su hijo. En la misma habitación donde las noches de insomnio le perturban el sueño. Ana se muestra fuerte y entera, y hasta por momentos esboza una sonrisa, pero se desmorona cuando habla de Miguel. Y, como para que no nos queden dudas, nos repite: “estoy muerta en vida”.

 

16880043_1614267888588831_1986261498_o

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Agencia de Prensa Alternativa - 2017-