Mucho de todo

10 mayo, 2020

Commentario

Destacada Escribo desde acá

Carlita Mora nos regala la columna “Escribo desde acá”, hace de las palabras la trinchera para resistir el distanciamiento social y nos propone cada semana un capítulo más de su vida para pensarnos, emocionarnos y conectarnos. Capítulo II. *por Carlita Mora

¿Cómo la están pasando con sus dispositivos tóxicos? ¿Cuántas pantallas posibles existen en el mundo, alguien me puede decir?

De pronto extrañaba a todas mis amigas y amigos al mismo tiempo. De pronto pensaba en todes simultáneamente, y quería organizar un congreso y tener sentadas a todas las personas que amo en el mismo lugar, para que me miren a la cara y verlos yo a ellos.

De repente me vino un atracón de videollamadas y quería hablar a todo el mundo, y todo el mundo quería hablar conmigo. En muy pocos días llegué a odiar a la tecnología. No sé cómo pudo ser eso posible, pero sucedió. Me cansé. Desde las palabras mágicas de la presidenta se empezó a agotar mi batería.

Ya celebré el primer año de mi sobrinito por video de Whatsapp. Ya hablé por videollamada con mi abuela de 80, aunque ella no tenga celular. La que sí tiene la tía con la que está pasando la cuarentena, y eso que parecía imposible de pronto ya no lo es.

Ya desayuné con mis amigas por cámara. Ya tuve sexo virtual y todo el oxímoron del mundo cabe en una sola frase. Me siento un bebé de meses que todavía no tuvo suficiente socialización con estos aparatejos. La miro a mi mamá y pienso que puedo abrazarla. Le veo el flequillo despeinado y se lo quisiera acomodar. Veo a la Jose, mi hermanita, ese personaje eterno y amoroso, y quiero estar con ella durmiendo una siesta como hacemos desde que nació. Quiero comer un asado con mi papá y sentir el olor a domingo, pero no desde algo que se llame “zoom” y aun así no nos acerca una mierda.

Ya tuve clases, charlas, cursos, reuniones de trabajo por una aplicación con cámara y micrófono. Si aún no sucumbí a la tentación de un tik tok, ¿soy una ciudadana del mundo?

Un día de pronto abrí el WhatsApp, busqué el contacto de mi amiga y le puse: “Estoy harta de los celulares”. Me entendió inmediatamente. Me tiene podrida la comunicación así. Quiero intercambiar con el kiosquero más de 3 palabras. Quiero ir a visitar a mi tío en La Lucila y amanecer los domingos con el ruido de los pajaritos. Me pregunto si existirá la naturaleza todavía.

¿Cómo se supone que voy a elegir un libro si no puedo meter la nariz entre las páginas y oler el papel?

Alguien me dice que estamos hipercomunicados. Siento escalofríos. La palabra me incomoda. Y me parece una mierda todo esto. Como no podía ser de otra manera, recién comenzado el encierro preventivo, mi celu empieza a fallar. Sí, tal como lo leen. Cuando recibo una de esas llamadas, cuando pongo el altavoz, siempre que parezco querer hacer algo súper re contra extraordinario con este bello dispositivo, de la nada y en un microsegundo, se apaga. Ah, ¿pero justo AHORA? La batería de pronto se agota y la tecnología se parece más y más a su dueña.

Más harta no podría estar, pero eso no es ninguna novedad. De hecho, me aburro bastante rápido de las cosas. El problema es cuánto espacio de maniobra tenemos en este momento para poder variar, para poder cambiar el paisaje delante de nuestros ojos, para no cansarnos.

Todo no se puede. Pero bueno, eso es otro problema y no creo que pueda solucionarlo en el futuro muy cercano. Ahora los dejo, que me están llamando. Tengo que correr a enchufar el celu rápido y deben estar esperándome para soplar las velitas.

Esta es una tucumana en Buenos Aires. Esta es la primera cuarentena de mi vida. Ya les contaré. 

 

*Es feminista, licenciada en Letras de la Unt y hoy tiene el trabajo de sus sueños por el que hinchó tanto las pelotas: ser becaria del Conicet. Ahora vive en Buenos Aires y desde ahí sigue acumulando libros, amigues y ansiedad. Su hobby es leer y su alimentación es a base de café. O viceversa.

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