Un imperio criminal que se hundió por su codicia

19 diciembre, 2017

Commentario

Derechos Humanos Tucumán
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Los Ale construyeron, a sangre y fuego, un aceitado sistema que casi no dejó delito sin cometer. El tráfico de drogas, la explotación de la prostitución, la extorsión y la usura les generaron tanto dinero que terminaron ahogándose en él. Fueron condenados a prisión y cinco minutos después, se retiraron en sus lujosos autos rumbo a sus casas. Crónica de  Mariana Romero.

El país entero estaba prendido de la televisión la tarde del 18 de diciembre porque Buenos Aires ardía en violencia mientras se intentaba aprobar el recorte a los aumentos de los jubilados. En Tucumán, mientras tanto, el rostro de dos de los hombres más poderosos de la historia reciente de la provincia se desfiguraba. A Rubén y Ángel Ale los acababan de condenar pasar los próximos 10 años de su vida en prisión y les confiscaban millones de pesos en bienes.

La mañana había comenzado amable para los hermanos Ale. Corría un viento fresco en la esquina de Chacabuco y Crisóstomo, que le permitió a “El Mono” (Ángel, el mayor) tomarse un café en la vereda del bar del frente mientras esperaba que comience la audiencia. De riguroso traje y corbata, como había vestido durante el año que duró el juicio, preparó junto a sus abogados sus palabras finales en el juicio. Alguien le había confeccionado un afiche con fotos de sus familiares y amigos que mostró en su último discurso. María Jesús Rivero se paseaba por la vereda del Tribunal Oral Federal confiada en un trabajo en el que había invertido las últimas semanas: tarjetas de cartón que organizaban una vida junto a los Ale y que desdecían dos cartas que ella misma había escrito a mano años antes. Esas cartas, que enumeraban propiedades y delitos, habían constituido una de las pruebas fundamentales de la causa que ese día llegaba a su fin. María Florencia Cuño, de gesto siempre gélido, permanecía firme junto a su marido, Rubén “La Chancha”, que apenas podía moverse de la silla de ruedas fabricada especialmente para su tamaño. Así había sido durante el último año y así sería hasta el final. El resto de los imputados (eran 16 en total), fumaban, conversaban y tomaban el fresco bajo los árboles de la vereda.

Casi todos los imputados se defendieron. Hicieron uso de su derecho de decir las últimas palabras al tribunal, en discursos mucho más sensibles que los de los alegatos técnicos de sus defensores, relatando la pesadilla de haber pasado los últimos años en prisión. A varios se les anudó el llanto en la garganta al hablar de sus familias, de su vocación de trabajo, de su pobreza y de la persecución política que, dicen, originó la causa en su contra.

La Chancha, con la voz entrecortada, dijo que su salud empeoró desde su detención, que lo atacó el Parkinson y la obesidad mórbida. El Mono luchó contra el llanto al contar cómo sus hijas abandonaron los estudios y su hijo recayó en las adicciones a causa de su encierro. “Odio las drogas y la prostitución”, remarcó. Otro de los imputados, Carlos Ocampos, negó haber trabajado para Ángel: “es mi amigo”, dijo, pese a que minutos antes su “amigo” lo había acusado de cobarde y de no tener hombría ante el tribunal. Agregó que es tan pobre que vive en un cuarto de tres por un metro, donde tiene sus “cositas” conseguidas a fuerza de trabajo. María Jesús Rivero, que durante las audiencias había contado sus problemas de adicciones a las pastillas a causa de los nervios, dijo que su relación con los otros imputados era familiar y que a algunos los había conocido en el juicio.

El Tribunal los escuchó. Y luego, los condenó.

 Una historia de amor

Contar el devenir de la familia Ale no es sencillo, porque sobre una línea de tiempo, los personajes, los negocios y los crímenes se van ramificando y volviendo a encontrar. En un intento de abordar el tema de una manera sentimental, se puede decir que Rubén Ale formó pareja con María Jesús Rivero y, durante la década del ’90, no sólo tuvieron un hijo: también dieron forma a la legendaria remisería Cinco Estrellas, la flota más grande de vehículos que haya visto la provincia. Estaba a nombre de ella, que luego descolló como dirigente sindical de Arut, un gremio de remiseros creado a medida. Se separaron luego, pero “La Jesús” seguiría siendo parte fundamental de los negocios y de la vida misma de “La Chancha”.

“Me lo quitó la Daniela”, dijo alguna vez Rivero. Se refería a Daniela Milhein, con quien Ale tuvo otro hijo. Ella dice que en realidad nunca tuvieron un romance, sino que él la obligaba a prostituirse. Que era su propiedad. El caso de Milhein es paradigmático en el abordaje de la trata de personas porque, tras haber sido explotada, pasó a ser explotadora de otras mujeres. Tuvo a Marita Verón encerrada en su casa durante un tiempo y al menos a otra joven, FM. Por ambos delitos fue condenada.

Jesús Rivero vuelve a aparecer en la vida de La Chancha (o, en realidad, nunca se fue) ya en la primera década de este siglo, en el barrio de La Ciudadela. La firma Gerenciadora del NOA se hizo cargo del club San Martín, entonces sumido en una profunda crisis económica. Más tarde, el propio Rubén se convirtió en presidente de la institución y Jesús en su vice. La pelirroja ya había formado una nueva pareja con Roberto Dilascio, titular de la Gerenciadora. Y ella, además de vicepresidenta, era empleada de la firma y hasta llegó a ser miembro del Comité Ejecutivo de la AFA.

Para esa época, Rubén ya había formado pareja con Valeria Bestán, a quien le dio la explotación de la Boutique de San Martín, que nunca tributó un peso al club. La fiscalía la definió como una “prestanombre” y el Tribunal la condenó a tres años de prisión por haber lavado dinero a través de la maniobra. También a Víctor Suárez, titular de la Cantina, aunque él deberá purgar seis años.

Jesús reaparece en el escenario en 2012, escribiendo a su ex marido dos cartas, un total de 20 carillas en las que le reclama asistencia económica para su hijo y le saca en cara las propiedades y los delitos cometidos. Ella, más tarde, diría que las había escrito bajo los efectos de pastillas para los nervios, pero la carta terminó siendo prueba fundamental en el juicio.

A Valeria Bestán, la de la Boutique, le siguió Florencia Cuño, quien no se apartó de Ale durante su caída en desgracia y se mostró todo el año del juicio ocupada de su salud y de su intimidad ante la prensa. Fue la primera en quebrarse al escuchar la sentencia contra su marido y, cuando le tocó enfrentar la propia (tres años por lavado de dinero) no pudo contener las lágrimas.

En la historia de amor de Rubén Ale, las mujeres que pasaron por su vida terminaron todas presas.

 Los negocios

La remisería Cinco Estrellas ocupó un rol central en el armado de la asociación ilícita, aseguran tanto desde la fiscalía como desde la querella de la Unidad de Información Financiera. La flota de autos fue utilizada para el traslado de armas, drogas y mujeres, que les dejó a los Ale ganancias tan abundantes que fue imposible blanquearlas sin llamar la atención. Aunque el Tribunal parece haberlo comprendido así, será necesario esperar hasta marzo de 2018 para conocer los fundamentos de la sentencia.

Fue tan poderosa la remisería que hace cerca de 15 años logró que el Gobierno de Julio Miranda la incluyera en la frecuencia de radio policial. Eran las épocas de las salvajes golpizas a quienes se atrevían a asaltar a uno de los choferes, los tiempos en los que –siempre de acuerdo a los alegatos acusadores- el local servía de depósito de armas cuando jugaba San Martín “por si había problemas”. Eran –aseguraron los testigos- una suerte de mini ejército paraestatal, aunque varios dudan del diminutivo. En sus autos, declaró la testigo de identidad reservada F081014, se trasladaba a las mujeres explotadas sexualmente a hacerse abortos y también a las chicas “fichadas” en las casas de póker de Ángel Ale para ser prostituidas. Los autos, de acuerdo a los testimonios, pasaban por una suerte de corredor liberado por policías cuando llevaban droga y sus miembros eran protegidos por funcionarios judiciales (se mencionó en el juicio al ex fiscal Guillermo Herrera y, sobre todo, al fiscal de Cámara Alejandro Noguera).

Mientras tanto, la Chancha Ale multiplicaba los billetes a través de la usura. Aportaba el capital y Fabián González (también ex tesorero del club San Martín) conseguía los prestamistas que sólo se quedaban con el 10% del 30% de interés mensual que se cobraba. Comenzaron prestando montos chicos a personas con problemas de adicción, pero luego las cantidades de dinero se hicieron cada vez más grandes. González fue condenado a siete años de prisión y su esposa, Julia Esther Picone, a tres; ambos por lavado de activos. ¿Por qué la gente pagaba semejantes intereses? “Porque nadie se hubiera atrevido a estafar a los Ale”, contó un arrepentido. De todas maneras, agregó, los aprietes eran frecuentes.  Carlos Ocampos y César Manca se encargaban de eso, mediante el uso de la violencia, detalló la fiscalía. Fueron condenados a siete y seis años de prisión. Cuando el deudor “pagaba” con un vehículo, Ernesto Cátulo era el encargado de transformarlo en efectivo. Fue condenado a cuatro años de cárcel.

Ángel “El Mono” Ale, en tanto, comandaba el tráfico de drogas, asegura la Fiscalía. Su patrimonio era de tal magnitud que no todo podía ser blanqueado a través de las casas de juego que regenteaba ni de las cosechas de sus campos. En la computadora de su casa se encontraron listados de propiedades que le reportaban ganancias por rentas y que él nunca declaró. También se encontró una carta a su abogado, Cergio Morfil, confesando sin empacho que siempre estuvo dispuesto a asesinar a sus enemigos. Finalmente, se halló un verdadero arsenal de armas cortas y largas: casi un centenar, valuadas en un millón y medio de pesos. ¿Incursionó en la trata de personas? El testimonio de F081014 revela que sí. De hecho, ella misma relató cómo fue explotada sexualmente por él. María Jesús Rivero comandaba esta rama del negocio, de acuerdo con la fiscalía.

Todos estos delitos dejaron huellas indelebles en las víctimas pero no en la Justicia. De hecho, el fiscal Pablo Camuña halló 93 causas acumuladas en el fuero provincial, de las cuales sólo tres tienen sentencia.  Fue el dinero lo que llamó la atención. Se multiplicó de tal manera que pasó de ser ganancia a ser perdición.

 La sentencia

Los imputados esperaron que se hagan las cuatro de la tarde en sus respectivas casas. O eso es lo que dijeron. Habían quedado en libertad en octubre gracias a un fallo escandaloso del Tribunal que los había excarcelado sin muchas explicaciones. En ese mismo acto, los jueces le habían quitado la custodia a la testigo protegida, hecho que despertó indignación más allá de los límites de nuestra provincia. La Cámara Federal de Casación Penal tomó nota de que una banda que había amenazado a testigos y que afrontaba una inminente sentencia estaba en libertad y, en una suerte de tirón de orejas jurídico, le ordenó al tribunal que revoque la libertad del Clan. Así, tres días antes de la sentencia, volvieron a estar presos en casa.

¿Alguien controlaba que cumplan la prisión domiciliaria el día de la sentencia? Absolutamente nadie. Ni custodia ni tobillera electrónica. De hecho, en presencia de los periodistas, los gendarmes y policías, pernoctaron largo tiempo en el bar de frente al TOF. A las cuatro de la tarde, por su propia voluntad, ingresaron al edificio descomunalmente custodiado por fuerzas de seguridad nacionales que confiscaban celulares y otros objetos peligrosos a los asistentes.

La lectura de la sentencia fue dolorosa, especialmente para  los familiares de los condenados, que llenaron la sala y lloraron en silencio. Ángel Ale, siempre bien predispuesto con la prensa, apenas dijo un par de palabras. Rubén, que nunca había hecho declaraciones, salió gritando que todo era culpa de Susana Trimarco. Lazarte, el policía absuelto, pronto se separó del resto y se fue con su familia. Los abogados defensores, con los seños fruncidos, reiteraron que los Ale son perseguidos políticos del kirchnerismo y de la madre de Marita Verón, que ahora convenció a la gestión macrista de continuar con la cacería.

En la vereda, los gendarmes formaron un cordón de seguridad para la salida de los condenados. Pero lo formaron tarde, porque ya casi todos se habían ido. La Chancha, defendido a los gritos por sus familiares que luchaban por que la prensa no le pregunte nada, se subió junto a su mujer en una lujosa camioneta bordó. Otros condenados se fueron caminando con rumbo desconocido. El Mono salió por otra puerta y, junto a sus hijos, abordó un auto negro que lo sacó del lugar. Nadie fue a prisión.

La sentencia ordenaba mantener la prisión domiciliaria. Quizás los condenados cumplieron y se fueron a sus casas a sacar cuentas, porque la Justicia les impuso multas y decomisos por mucho más dinero que el monto lavado. Es probable que 12 millones para El Mono y 8 para La Chancha quizás constituyan lo que se llama vulgarmente “un vuelto”. Son poderosos empresarios dueños de campos, casas, locales, autos, camionetas y propiedades incontables. Quizás el verano sea amable con los condenados y puedan disfrutarlo con aire acondicionado y pileta, sin pisar la cárcel de Villa Urquiza.

Es probable que la Justicia les haya hecho una severa cosquilla a sus patrimonios y a su libertad. Pero en nuestra provincia, que una banda dedicada a los aprietes, al tráfico de mujeres, a la venta de drogas y a la usura sea condenada tras más de tres décadas de acción sin límites es, sin dudas, un capítulo interesante en la historia de la

impunidad de Tucumán.

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