Violencia (de género) en crisis viral

28 marzo, 2020

Commentario

Columnistas Derechos Humanos Géneros

Hace unos días, en medio de la pandemia del Covid-19, la sociedad argentina comenzó a hablar sobre el posible o real aumento de la violencia en ámbitos privados. (Hoy, para la mayoría de las personas toda la vida transcurre en ámbitos privados). Aunque no es fácil tener un panorama confiable de la situación que abarque todo el país, ya se conocieron declaraciones de la Ministra Nacional de Mujeres, Género y Diversidad, alertando sobre el tema. De modos que es posible pensar cómo incide el encierro forzoso y la limitación de la libertad de deambular (sea para consumir, intercambiar con amigxs, ir a espectáculos y deportes, etc.) en el (des)equilibrio de la salud mental poblacional y el posible aumento de la violencia. Opina Cristina Zurutuza[1]

Vivimos en un mundo violento, en muchos sentidos. La violencia global y generalizada resulta poco visible, forma un telón de fondo sobre el que se inscriben las violencias individualizables y concretas. Tiene que ver con la desigualdad socioeconómica, con la pobreza y el hambre, con la discriminación a los grupos percibidos como vulnerables: mujeres, niñes, personas pobres, extranjeras, pertenecientes a grupos GLTBIQ o a etnias no blancas; aunque la discriminación puede cambiar y reconfigurarse todo el tiempo. Violencia, en fin, basada en la desigualdad de poder, en las pobrezas al lado de opulencias y riquezas obscenas. Un fenómeno mundial que no deja de potenciarse: cada vez menos gente es inmensamente más rica, cada vez más gente es más pobre. (ver el informe periódico de la Fundación Oxfam, quien afirma: La desigualdad económica es una profunda huella que está arrebatando los derechos básicos a la ciudadanía mundial”[1].).

Solemos “olvidar” este contexto violento que caracteriza al actual modelo socioeconómico mundial. Pero en cualquier situación límite es fácil percibir su cabeza de Hidra. Y es comprensible: si las relaciones sociales son violentas desde su base, cualquier situación que altere el precario equilibrio que caracteriza al mundo actual puede gatillar situaciones difíciles. Hoy, Argentina enfrenta una crisis sanitaria que es mundial, pero que ve agravada por una economía desarmada, con el 40% de la población bajo línea de pobreza, el 40% de lxs trabajadores con trabajo no registrado, más una deuda impagable.

Como feminista, no puedo dejar de pensar en la violencia basada en el género, de la cual tenemos como señal el obsceno número de mujeres cis y trans que son víctimas de violencia machista. Es obvio que, aún en condiciones normales, la frustración que este sistema injusto genera busca descargarse. Aquí, quienes se sienten o se sueñan en la cúspide del poder (aunque sea un poder modesto), la descargan en grupos o personas percibidas como debilitadas. Esta percepción, de un otrx “débil” les confirma su sueño de efímero poder. El aumento de angustia, ansiedad, depresión, rabia, se dirige contra otro ser vivo, que es desconocido como semejante igual o equivalente. Lo otrx es vistx, entonces, como algo ajeno, inferior. Se lo transforma en víctima propiciatoria de su alivio ante el miedo.

He dicho miedo, y esto es lo que recorre las calles, vacías hace ya varios días. Miedo a enfermarse, miedo a morirse, miedo a que mueran o enfermen seres queridos. El miedo potencia la angustia, la rabia. El aislamiento social, medida que por el momento se entiende como la única que posibilitaría un control de la pandemia en nuestro país, impide su elaboración y sublimación en tareas constructivas: trabajo, arte, militancia, amistades, deportes, relaciones familiares ampliadas, etc.

Cuando un ser humano siente miedo, se reactiva la fantasmática infantil, época en la que el miedo era omnipresente por la inmadurez de todx infante. Las figuras protectoras en esa etapa, que suelen fundirse en la figura de “lo” “madre” aparecen en el psiquismo del/la niñx como un seguro omnipotente contra todo mal, contra todo peligro. Restos, más o menos elaborados, de esta fantasmática suelen persisten en lxs adultxs. De manera inconciente, solemos esperar que alguien o algo nos resuelva y nos reasegure contra el riesgo, el miedo y la angustia. Cuando eso se ve obstaculizado, si la angustia aumenta y la posibilidad de contenerla es frágil, puede producirse un estallido violento: es una forma de respuesta “activa” (aunque incongruente, en tanto no resuelve el conflicto) frente a la pasividad con la que debe “aguantar” la frustración, el miedo, la incertidumbre.

En estas situaciones, lo que solía ser familiar y tranquilizador puede volverse hostil y siniestro (de hecho, Freud define a lo siniestro como “lo familiar que se vuelve ajeno”. Tan ajeno, que a veces su eliminación puede, bajo circunstancias peligrosas o patológicas, aparecer como la salida a la tensión acumulada. La mujer que se tiene cerca, muchas veces sustituto inconciente de la madre, debe morir.

Como sociedad, hoy – y durante cierto tiempo, al parecer – debemos estar más atentxs que nunca ante el aumento de la violencia en las relaciones sociales de cualquier tipo. Han circulado por las llamadas “redes sociales” consejos acerca de contener a las personas en peligro, en particular a las mujeres en riesgo o conviviendo en un vínculo violento; facilitar su acceso a redes de apoyo, promover el pedido de ayuda, colaborar para mantener su contacto estrecho con sus seres queridos, crear grupos virtuales en la comunidad o el barrio, ayudar de multiples formas. Pero es evidente que, cuando pase la pandemia, si como especie no somos capaces de modificar la injusticia social de base, nuestro futuro estará en grave peligro, porque la violencia se volverá contra nosotrxs mismxs.

Buenos Aires, 28 de marzo de 2020

 

[1] Lic en psicología UBA, especialista en psicología clínica, psicología sistémica, género y DDHH. Activista feminista, Integrante de CLADEM Argentina y del Consejo Consultivo de CLADEM regional.

[2] https://blog.oxfamintermon.org/desigualdad-economica-en-el-mundo-consecuencias-y-mucho-por-hacer/

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