Yo también les creo 

27 febrero, 2018

Commentario

Géneros Tucumán
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Escribir, entre otras cosas, humaniza el dolor, dijo Pablo Ramos en “Hasta que puedas quererte solo”. Aplica a los abusos sexuales. Desde que se publicó “Volví a cruzarme al docente que abusó de mí” en COSECHA ROJA y APA! llegaron más de 300 mensajes por redes sociales, correos electrónicos y hasta los viejos mensajes de texto. Se repitieron tres tipos: los que remarcaban la valentía de testimoniar un momento espantoso, como el recuerdo de un niño mientras era abusado; los que cuestionaban por qué no se hizo la denuncia judicial -se abrió un sumario administrativo-, y los más tristes de todos: los “me pasó lo mismo”. Más de 100 fueron de este grupo. Es decir, de víctimas de acoso o abuso sexual. Por Martin Dzienczarski.

“Mi tío me agarró fuerte de la mano. Nos habíamos quedado solos en las vacaciones porque mis hermanos, mi papá, mi mamá, mi tía y mis dos primitos habían salido a comprar comida a una rotisería. Él me tapó la boca y me empezó a manosear. Sin sacarme del todo la ropa me violó. Se repitió un montón de veces más, hasta cuando ya habían terminado esos días en Miramar. Al final me quedaba callada, ausente, mientras me violaba”, me dijo llorando una funcionaria de un poder del Estado que se acercó a decirme “a mí también me pasó”. Sus hermanas nunca le creyeron. Lo tenía que ver en los asados de los domingos hasta hace pocos años, cuando dejó de ir a pasar los almuerzos dominicales en familia.
“A mí el cura de la Iglesia del barrio de mis abuelos me invitó para mostrarme la computadora que se compraron. Me comenzó a tocar entre las piernas. Me quedé callado, sin reacción. Alguien entró preguntando por algo y aproveché para irme corriendo”, me explicó por mensaje un amigo del secundario. “Nunca le conté a mis hermanos”, se lamentó.
“Mi tío me manoseaba de chico. Fue varias veces, pero por suerte siempre pasaba algo antes de que llegue a penetrarme. Ahora cuando lo veo lo quiero matar. Sos la primera persona a la que le cuento”, me explicó un colega mientras tomábamos un café.
“Cuando tenía 15 un primo se dedicaba a tocarme bajo el vestido. Le dije a mi mamá y nos dejamos de ver con esa parte de la familia. Después toda la vida me apoyaron en el colectivo, se masturbaban en las veredas cuando pasaba y me decían que me violarían en cuanto tuvieran chances. Pensar que recién ahora sé que eso se llama abuso sexual”, me dijo una maestra de la primaria que me crucé en el súper.
Los testimonios de abuso no son sólo de familiares o sacerdotes adorados en los barrios. También están los abusadores universitarios. “El primer día de su materia me hizo pasar al frente. Sacó un lápiz y me iba marcando con el borde los labios, las mejillas y el mentón: este punto se llama así, por acá cruza el músculo tal y esta parte -no me lo olvido más-, se llama el arco de cupido, me dijo. Apoyó el lápiz en el borde del labio superior y me abrió la boca con la parte donde está la goma. Después se lo metió en la boca y me dijo muy de cerquita: rico”, me contó una profesional de la salud. Los casos se repiten: clase de consulta a las 22, repasos de trabajos prácticos en bares hasta la noche, seguidos del: “te llevo a tu casa”. Después vienen los mensajes que en realidad son fotos de los genitales. Odontología, Psicología, Filosofía y Letras, Medicina, Derecho… Tampoco ocurrieron sólo en la Universidad Nacional de Tucumán, también hay testimonios en la Universidad Tecnológica Nacional y en las privadas.
Lo que antes no era, se hizo realidad: hay historias de abusos en todos los grupos. Amigos del secundario, compañeros de trabajo, los del fútbol de los lunes, entre los conocidos que hacen prensa oficial en el Gobierno, en la radio, en la facultad. La palabra sana. Esos silencios tristes tienen que dejar de existir. Lo que no decimos no muere, nos mata. Los abusos no deben callarse. Y tampoco debe dudarse de las víctimas. ¿Por qué no nos creemos? ¿Por qué siempre se ponen en duda los relatos de mujeres abusadas? Ellas me creyeron primero. Yo también les creo.

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